Texto y fotos Deisy Francis Mexidor
Los impresionantes rascacielos de la Gran Manzana no logran velar los rostros tristes de los que no aparecen en las postales turísticas, aunque están ahí a la entrada del tren subterráneo o en cualquier esquina de Brooklyn, Harlem o el Bronx, intentando revivir un sueño.
Nueva York es, además, una ciudad donde la gente anda demasiado rápido, como si no tuviera tiempo de reparar en el de al lado.
Comúnmente denominada la Capital del Mundo, cosmopolita y diversa, es la urbe más grande de Estados Unidos, sede de la ONU, del centro de transacciones financieras (ese Wall Street que se estremece con protestas de indignados), de las comunicaciones y también del entretenimiento.
Como secuencias de una película pasan ante el visitante los grandes anuncios, las luces, el entramado de túneles y puentes, los taxis amarillos, el tránsito en ocasiones infranqueable…
Los altos rascacielos comenzaron a empinarse en la década de 1930 y hoy dan un toque de singularidad a zonas como Manhattan, donde pareciera que a falta de espacio horizontal se ha disparado la búsqueda hacia arriba.
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