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La medalla más preciada (+Fotos)

La Habana, 30 may (Prensa Latina) Las mujeres, talleres naturales donde se forman la vida y los más puros sentimientos, poseen en Cuba desde 1959 todos los derechos constitucionales, pero en el caso de las deportistas, sin duda, han superado tabúes y requerido de planificación, sacrificios y apoyo familiar.
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Como reconocimiento a esos seres excepcionales justo es recordar a algunas protagonistas deportivas de distintas épocas, aunque resulta apropiado exponer que para todas sin excepción, sus criaturas representan las medallas de más valor conquistadas.

Tal es el caso de una de aquellas velocistas que dieron el primer éxito olímpico para las féminas de la isla, con la medalla de plata en México-1968 en el relevo de 4 x 100, integrado por Miguelina Cobián, Marlene Elejalde, Violeta Quesada y Fulgencia Romay, precisamente, esta última explicó detalles de interés a Cuba Internacional.

Manifestó que no obstante los criterios de aquel tiempo, relacionados con lo perjudicial para las atletas de ser madres, ella decidió en 1965 tener su hijo y, tres meses después del feliz parto, se reincorporó a la práctica del atletismo bajo la dirección del entrenador Irolán Echevarría.

Romay asistió en 1966 a los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Puerto Rico al integrar la Delegación de la Dignidad que defendió el derecho del primer país socialista de América a participar frente a los obstáculos puestos por el Gobierno de Estados Unidos. Allí fue subcampeona en la posta corta junto a Cristina Echevarría, Irene Martínez y Miguelina Cobián.

Sentenció que tras la cita borinqueña tuvo su segundo hijo y que, en 1967, la llamó el entrenador polaco Edmut Podchovoki, quien dijo que ‘me quería para el relevo de la Olimpiada del 68 pues luego de los embarazos las mujeres tenemos mucha fuerza’.

Y tuvo razón el técnico europeo; lo alcanzado en la altura de la capital mexicana así lo confirmó y también un cuatrienio después, en Munich-1972, cuando Romay logró otra medalla, esta de bronce en la cuarteta rápida, con Silvia Chivás, Marlene Elejalde y Carmen Laura Valdés.

Con más de siete décadas de vida, ahora rememora los sacrificios ‘porque no vi los primeros pasos de mis hijos, no estuve en momentos importantes, y no siempre les di la atención que merecían, aunque estaba a su lado’.

                                       
                                            

MIREYA LUIS

Otra experiencia vivió la naciente estrella Mireya Luís antes del Mundial de Voleibol en 1986. Tenía apenas 18 años y sin que lo hubiera planificado, los médicos confirmaron su embarazo en los meses previos al certamen universal en la ex-Checoslovaquia.

Nadie la reprimió, ni el inolvidable entrenador Eugenio George, quien la trató con indulgencia paterna, en tanto la joven entendía que a la par de concebir algo hermoso en su interior, estaba también su amor por el deporte.

En aquellas circunstancias, Mireyita recibió la ayuda de su madre, quien reconoció la fortaleza y capacidad de la hija para parir y cumplir con su pasión deportiva y de esa forma surgió el compromiso de cuidar la criatura, por lo que la inspiradora deportista fue al

campeonato del mundo nueve días después de tener su niña.

Poco a poco, la voleibolista contribuyó al desempeño del colectivo que alcanzó en Praga el segundo lugar, solo superado por el poderoso equipo de China, y con el paso de los años, con sus saltos y poderosos remates, se convirtió en la bujía inspiradora de las Espectaculares Morenas del Caribe (tricampeonas olímpicas en 1992, 1996 y 2000).

                                         
                                              

DRIULIS GONZÁLEZ

Por su parte, una de las reinas del judo femenino, con cinco participaciones olímpicas y cuatro medallas (un oro, una plata y dos bronce), Driulis González, después de subir a lo más alto del podio en Atlanta 1996 en los 56 kilogramos (debutó en Barcelona-92 con un meritorio tercer puesto) decidió descansar durante un bienio para concretar su sueño supremo: el nacimiento de su retoño Peter Javier.

Ese lapso sin actividad propició el fortalecimiento de la relación madre-hijo de tanta significación en esa etapa del crecimiento, además de conservar su estado físico, pues al retornar mantuvo su peso en el que ganó sendos títulos de plata y bronce en Sidney-2000 y Atena-2004, respectivamente.

Luego de su despedida en Beijing-2008, sin medalla en los 63 kilos, comentó que necesitaba de una vida más tranquila, de más atención a su niño, entonces con 13 años. Reconoció que no le había dado todo el calor materno debido a los frecuentes viajes, por lo que era el momento ideal para su retirada aunque ‘no desvinculada pues al judo me dedicaré mientras exista’.

Con estos tres ejemplos, Cuba Internacional resalta a las madres-deportistas.

La limitación de espacio imposibilita exponer otras historias, entre muchísimas, como la de Ana Fidelia Quirot, la tormenta del Caribe en 400 y 800 metros planos; la ciclista Yohanka González, subtitular de Beiging-2008, y las multimedallistas paralímpicas Yunidis Castillo y Omara Durand.

En sentido general, ellas son protagonistas de proezas lejos de casa, sobre tabloncillos, terrenos, pistas, colchones, tatamis, taraflex, campos sintéticos y en gimnasios, velódromos, polígonos y canales acuáticos.

Plenas de sentimientos de amor materno y lealtad deportiva, todas coinciden en un denominador común: el anhelo y la devoción por la medalla más preciada: sus hijos.

(Tomado de Cuba Internacional 473)

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