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Río de dos océanos

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Panamá, 4 dic (Prensa Latina) El río Chagres es sinónimo de supervivencia para Panamá, pues de sus aguas beben más de la mitad de los pobladores y se mueven los buques que atraviesan el canal interoceánico.
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Cristóbal Colón intentó bautizarlo como Río de los Lagartos por el número de cocodrilos, pero se impuso el nombre del cacique local que dominaba el nacimiento de del río e, incluso, los propios colonizadores llamaron Chagres al asentamiento y el puerto creados en la desembocadura caribeña.

Para aquel entonces, la corriente permitía navegar tierra adentro hasta un caserío bautizado como Venta de Cruces, desde el cual hicieron un camino empedrado hasta lo que hoy se conoce como Casco Antiguo, sitio definitivo de la capital istmeña.

La rada fluvial en la ribera este era el punto norte de la ruta acuática y terrestre de mercancías y personas entre los océanos Pacífico y Atlántico, llamada Camino de Cruces, mientras que en el otro extremo estaba la ciudad de Panamá, adonde llegaban las riquezas saqueadas al imperio Inca, en Perú.

El Chagres corre 125 kilómetros desde la suave cordillera de San Blas, al noroeste de la urbe citadina, atraviesa una tupida selva que aún se mantiene frondosa y está represado en el embalse artificial de Alajuela o Madden, que vierte sobre el Lago Gatún, a 27 metros sobre el nivel del mar y vital para el Canal de Panamá.

Desde este último espejo de agua, que cubre 436,2 kilómetros cuadrados de superficie en medio de una serranía, fluye el líquido que hace posible el funcionamiento de las esclusas canaleras de ambas vertientes, por lo que el Chagres desemboca su flujo al Pacífico y al Atlántico: una exclusividad mundial.

La caudalosa cuenca enfrentó antaño temporadas de sequías no tan intensas, sin que mermara su entrega cotidiana, que en el último siglo permitió el traslado de miles de naves de gran porte para acortar distancias marinas.

En 2016, el Alajuela clamó por agua como el caminante en el desierto, debido al pobre escurrimiento de la cuenca, la evaporación, el consumo insaciable de los pobladores y el gasto del cercano canal.

Todos culparon entonces a un travieso El Niño, que amarró las nubes y las alejó para que la tierra se secara, pero tal vez fue un castigo de la naturaleza porque los hombres destruyeron bosques y quemaron la pobre vegetación.

Caminar por el lecho del embalse resultó emocionante y trágico a la vez; pisar suelos que permanecieron inundados desde 1935 fue el peor síntoma de indeseadas realidades, cuyas consecuencias para la vida aún se desconocen en su totalidad.

Mirar al cielo en espera de la bendición de la lluvia pareciera la acción más común en Panamá, mientras el derroche de agua para el consumo humano convirtió al país en el mayor consumidor regional, con casi 900 litros per cápita diarios, tres veces el promedio de Latinoamérica y el Caribe.

En tanto, el caudaloso río comienza a flaquear y, si no escuchan sus alarmas ahora, tal vez corra igual suerte que el Castillo de San Lorenzo Real, el poderoso fuerte erigido en su desembocadura caribeña en 1595, cuyas ruinosas murallas y oxidados cañones pierden la batalla frente al clima y la desatención.

mem/npg

(Tomado de Orbe)

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