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Minas de Sado, la explotación detrás de un patrimonio

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La Habana (Prensa Latina) La recomendación de Japón, de incluir el complejo de minas de oro y plata en la isla de Sado para la lista del Patrimonio Mundial de 2023, desafía las protestas de Corea del Sur contra la nominación del lugar.
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Por Nicholas Valdes

Periodista de la Redacción Internacional

Desde 1972 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) confiere el título de Patrimonio Mundial a sitios específicos del planeta que por su importancia cultural o natural forman parte excepcional de la herencia común de la humanidad.

Hasta julio de 2021, el Catálogo de Patrimonio de la Unesco constaba de mil 154 lugares, distribuidos en 167 naciones. Y en este 2022 ya varios de los 193 Estados miembros de la Unesco presentaron sus propuestas para que sean incluidas el próximo año, mediante un proceso que no está exento de controversias.

Las minas de oro y plata de la isla de Sado, ubicadas en la prefectura japonesa de Niigata, se hicieron famosas al descubrirse una abundante reserva mineral que las convirtieron en una de las mayores productoras de oro del mundo en el siglo XVII.

En su mejor época, esos yacimientos permitían extraer 440 kilogramos de oro y 40 toneladas de plata al año, por lo que se erigieron en importante fuente de recursos financieros desde comienzos del siglo XVII hasta mediados del XIX.

Actualmente, las minas de Sado son un destino turístico designado como sitio histórico por el gobierno nipón. Los turistas pueden recorrer unos 300 metros de los túneles, cuya longitud total alcanza 400 kilómetros.

En términos industriales, el sitio es indudablemente valioso; durante mucho tiempo Japón extrajo minerales de calidad, con innovadoras técnicas desarrolladas por los nipones.

Pero desde el punto de vista histórico, la propuesta del 1 de febrero para su conversión en patrimonio mundial deja al margen la explotación que cometieron los japoneses contra trabajadores movilizados de sus colonias, en su gran mayoría coreanos.

RIPOSTA DE SEÚL

Solo 48 horas después de que Tokio presentara su propuesta al comité de la Unesco, el ministro surcoreano de Relaciones Exteriores, Chung Eui-yong, reiteró la protesta de su país contra la idea.

Chung reveló que conversó ese mismo día con su homólogo japonés, Hayashi Yoshimasa, a quien le ratificó el enojo de Seúl porque ese sitio vinculado con el trabajo forzado en tiempos de guerra sea reconocido como patrimonio por las Naciones Unidas.

De acuerdo con datos oficiales, más de mil coreanos fueron obligados a realizar trabajos forzados allí cuando la península estuvo bajo la colonización nipona (1910-1945).

Si bien reconoció la oposición de Corea del Sur, el primer ministro de Japón, Fumio Kishida, declaró que hacer una recomendación este año y comenzar el debate sobre el tema en una fecha temprana sería un atajo para que la mina se registre como un sitio de herencia mundial.

Entablaremos un diálogo con Corea del Sur y otras naciones con calma y cortesía para que se reconozca el valor del yacimiento como bien cultural, informó al respecto el secretario en jefe del gabinete nipón, Hirokazu Matsuno.

El principal portavoz del gobierno japonés anunció igualmente que Tokio planea establecer un grupo de trabajo con vistas a prepararse para el proceso de selección, incluidas las deliberaciones sobre los antecedentes históricos del lugar.

Por su parte, el canciller surcoreano expresó su profunda decepción por la decisión, que obvia la dolorosa historia detrás de la fama de las minas, e instó a Japón a cumplir su compromiso de ofrecer información pública completa sobre el trabajo forzoso de los coreanos en sus sitios ya pertenecientes al patrimonio de la Unesco.

UN HECHO REPETIDO

Esta no es la primera vez que Tokio impulsa un proyecto de este tipo. De acuerdo con expertos, el país del sol naciente actuó de manera similar cuando promovió la campaña para incluir la isla de Hashima en el Catálogo de Patrimonio.

Ese sitio también se conoce como Isla del Acorazado, por las murallas que se construyeron para protegerla del fuerte oleaje y de los tifones; Japón confeccionó su expediente limitando el periodo explicativo solo hasta 1910 para no tener que aludir a la explotación laboral.

Tras la designación en 2015 de 23 lugares de Japón de la era Meiji, incluida Hashima, Tokio prometió instalar un centro de información con la historia completa sobre el tema, pero después solo ha destacado los logros de la revolución industrial nipona, incumpliendo así la recomendación hecha por la Unesco.

Los problemas que se remontan a la Segunda Guerra Mundial continúan desgastando los lazos entre estos vecinos asiáticos, a pesar de la necesidad de cooperación en tiempos de pandemia mundial. Las desavenencias históricas siguen haciendo mella cuando lo que amerita el momento es acortar las brechas, y no hacerlas más insalvables.

arb/to/nvo

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