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Cultura otaku de Japón para el mundo (+Fotos y video)

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Tokio (Prensa Latina) Los otakus japoneses transitaron de “frikis” antisociales a embajadores de la cultura en apenas cuatro décadas.
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Por Lianet Cruz Pareta

Corresponsal de Prensa Latina en Japón

El universo de fantasía, surgido con el manga -historieta de procedencia japonesa- y el anime -estilo de animación tradicional o por computadora de origen nipón-, dio vida a un fenómeno de masas que cruzó las aguas del Pacífico y encontró eco en otras sociedades fascinadas por lo exótico y deseosas de escapar a las narrativas de la cultura occidental.

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El concepto original de otaku tiene connotaciones honoríficas referentes a la casa o la familia de otra persona, utilizado a veces como “usted” en algunas producciones animadas de finales de 1970.

Fue una década después cuando el humorista y ensayista japonés Akio Nakamori escribió un artículo en la revista Manga Burikko, en el cual atribuyó el término a los “fanáticos desagradables de las caricaturas”, entendidos como inadaptados sociales.

Luego, entre 1988 y 1989, las investigaciones policiales sobre el asesino en serie Miyazaki Tsutomu, conocido como el asesino de las niñas, revelaron que el homicida leía historietas y poseía en su casa animes de contenido violento y sexual. Por tal motivo, la gente le apodó “el asesino otaku”.

Con el caso de Miyazaki Tsutomu la carga peyorativa hacia los otakus aumentó, pero los individuos estigmatizados capitalizaron con el tiempo la palabra hasta limpiarla de su historial asociado al crimen y la marginación.

IMPACTO NACIONAL Y FORÁNEO

Una colorida propuesta posmoderna llegó a las calles de Tokio convertida en tribus urbanas. La obsesión o dedicación extrema a determinados asuntos comenzó a entenderse como subcultura pop, catapultada al estrellato de la identidad contemporánea de Japón por la industria del ocio y el entretenimiento, así como por los medios de comunicación.

Ha sido tan grande el impacto nacional y foráneo de la cultura otaku que el mercado asociado inyecta cada año fuertes sumas de dinero a la economía nipona, incluso durante la pandemia de la Covid-19.

Solamente la animación recaudó 24,23 mil millones de dólares a nivel global en 2020 y podría casi duplicarse para 2027, según la firma de investigación de mercado Brand Essence.

En el mundo otaku los personajes animados y de videojuegos trascienden sus fronteras creativas originales y se globalizan gracias a la tecnología y el impulso comercial.

Las estrategias de promoción de productos apuntan a todo tipo de público. Inclusive aquellos alejados del cómic japonés pueden quedar atrapados en depuradas técnicas de animación tradicional, o en el coleccionismo de figuras de acción, o en los juegos online, o en las extravagancias típicas de la nación asiática donde se mezclan fantasía y realidad.

Los pokemones (pequeñas criaturas con superpoderes) surgidos de un exitoso videojuego de rol aparecen además en las pantallas de cine, series televisivas, en cartas que llegan a costar cientos de miles de dólares según su valor en los combates, en mochilas, como juguetes de felpa o descubrirse en distintas partes del orbe gracias al geo localizador de los teléfonos celulares.

La franquicia para dispositivos móviles de la compañía Niantic, llamada Pokémon Go y basada en realidad aumentada, muestra una vertiente del planeta Otaku, donde miles de personas viajan hacia distintas latitudes e interactúan entre ellos para buscar y capturar a los monstruos que dan nombre al juego.

Otra parte llamativa del fenómeno japonés son las “idols” virtuales. Estas artistas computarizadas utilizan programas de síntesis de voz como Vocaloid y, tal cual lo hacen sus homólogas de carne y hueso, inspiran a los fanáticos, marcan tendencias de moda o llenan estadios con sus conciertos.

El barrio tokiota de Akihabara es el más “geek” -fanático de la tecnología y la informática- de la ciudad, porque hacia él confluye la mayor cantidad de entusiastas fervientes de los pasatiempos u otras actividades afines gracias a los múltiples salones repletos de consolas, las tiendas de dispositivos tecnológicos, mangas, animes y objetos alegóricos.

Las figuras de acción representan quizás una de las partes más feroces de la mercadotecnia. Los grandes establecimientos comerciales de Akiba (diminutivo de Akihabara) dedican pisos enteros a la venta de estas imitaciones plásticas de personajes, valoradas algunas como obras de arte.

Es tanta la demanda de las figuras de acción que a menudo las empresas conciben sus producciones gráficas o audiovisuales pensando en las piezas coleccionables y no viceversa.

También en Akiba, jóvenes vestidas como criadas victorianas del siglo XIX, con faldas a la rodilla y orejitas de gato, invitan a los transeúntes a los llamados maid café, para comer o beber mientras son tratados como amos. Las chicas encarnan el fetiche de la mujer bonita e inocente tan recurrida en las historietas niponas.

El epicentro capitalino de los otakus acoge igual a los cosplayers, quienes encarnan a sus personajes favoritos y cuya caracterización supera la mera indumentaria. Para este grupo, la práctica del cosplay es más que un disfraz de ocasión e implica asumir hábitos, formas de hablar y de comportarse, sentimientos.

DE LA POPULARIDAD A LA INTERNACIONALIZACIÓN

Como la mayoría de los japoneses, los otakus creen en el poder del sacrificio para triunfar, pero encuentran la fuerza y la motivación en referentes imaginarios. Ellos escogen la ficción como refugio donde liberar sus pasiones.

En sus múltiples tipologías, los otakus prefieren ser los héroes de sus propios relatos a vivir bajo la censura de la sociedad.

Contrario al estereotipo, por lo general esta tendencia o contracultura no parte del ostracismo de la personalidad, es la forma irreverente en la que sus adeptos muestran al mundo quiénes quieren ser y cómo desean que los vean, sin importar los juicios de valor.

Fuera de Japón, la exteriorización atrevida del “yo” de los otakus queda casi siempre relegada a las festividades por Halloween o a las convenciones de cómics. Estos últimos espacios miran hacia la Comiket, el Anime Japan o la Jum Festa de Tokio y ganan cada vez más fuerza dentro de Estados Unidos y Europa debido a la influencia del japonismo posmoderno.

Grandes eventos como la Japan Expo de Francia, el Salón del Manga de Barcelona o el Anime Festival Asia de Singapur, reúnen cada año a miles de otakus interesados en el intercambio con artistas, el debate con expertos, los desfiles, concursos y la oportunidad de lucir sus disfraces de cosplay sin riesgo de miradas moralistas.

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El gobierno japonés, consciente de la popularidad y la internacionalización de su cultura, diseñó una iniciativa llamada Cool Japan, mediante la cual recurre al genuino atractivo nipón para promocionar su marca país en el extranjero. La estrategia oficial permite a su vez una mejor aceptación de las políticas nacionales por parte de sus ciudadanos.

Si alguna vez el ser otaku causó rechazo, hoy es motivo de orgullo para los millones de japoneses que así se autodenominan, redituable nicho de mercado para la industria, moda o redescubrimiento para quienes desde otras culturas asumen identidades y tradiciones niponas, es la carta Pikachu Ilustrator valiosa en extremo por rara y original.

arb/lcp

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