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Arquitectura grecorromana de Philae

El Cairo, 20 mar (Prensa Latina) En las tranquilas aguas del Nilo, al sur de la ciudad de Asuán, resplandece en silencio uno de los lugares más hermosos que un pueblo haya erigido en honor a sus dioses: el Templo de Philae, cuya mezcla de estilos grecorromano y egipcio ejercen especial fascinación sobre sus visitantes.
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El santuario se eleva en la isla de Agilkia y se compone de una serie de edificaciones y obras artísticas añadidas a lo largo de los siglos, por lo que recorrerlo resulta casi un viaje por la historia desde que el faraón Nectanebo I, de la dinastía XXX, comenzó a construir un altar para venerar a Isis, diosa de la magia y la maternidad, y lo continuaron los sucesivos gobernantes de los periodos griego, romano y bizantino.

Inicialmente, se escogió la isla de Philae, nombre que significaba “el extremo” en la lengua egipcia antigua y representaba las fronteras del sur de la nación.

Su posición cerca del Trópico de Cáncer le granjeaba singulares efectos de luz y sombras que fueron considerados sobrenaturales por los pobladores.

Según las leyendas, era uno de los lugares de enterramiento del dios Osiris, consorte de Isis, quien trajo sus restos allí después de que su hermano Seth lo asesinara y desmembrara.

Refugiada en la ínsula, pudo criar al hijo de ambos, Horus, completándose así la tríada divina que tanto egipcios como nubios adoraron por igual.

Con el paso del tiempo el sitio sacro fue ampliándose, pero su mayor esplendor lo alcanzó en las épocas helénica y romana, pues diversos gobernantes, entre ellos Ptolomeo II, erigieron edificios de importancia en honor a la diosa y su culto se extendió por todo el mar Mediterráneo.

Precisamente por ello, las conservadas ruinas muestran construcciones de estilos griego y romano, pero utilizando los códigos del arte egipcio, si bien algunos elementos como el uso de las curvas en los vientres y en las figuras en general se alejan de la estética hierática del país de los faraones.

El complejo ostenta varios patios, construidos con el objetivo de que el sol iluminara siempre la morada sagrada, donde emergen pórticos y columnas, todo decorado con jeroglíficos a bajo relieve y trazos menos elaborados que los del resto de los monumentos del Antiguo Egipto.

Destacan el Templo de Isis, que ocupa la posición axial de la isla; el Quiosco de Trajano, máxima expresión del trabajo con los capiteles florales; la Puerta de Adriano, de la época romana, y una capilla dedicada a Hathor -diosa egipcia del amor y esposa de Horus–, cuyos pilares están ornamentados con escenas de músicos, bailarines y dioses.

Algo que le aporta mayor encanto a este santuario, si eso es posible, es que allí se conservan las últimas inscripciones jeroglíficas de las cuales existen evidencias, que datan del año 394, así como el último texto escrito en demótico egipcio, de 452.

Durante los primeros siglos, Philae fue considerado un espacio místico y de peregrinación, pero ya en el VI, tras las órdenes del emperador bizantino Justiniano I de cerrar los templos y prohibir la adoración de los antiguos dioses, los cristianos mancillaron sus imágenes y grabados, erigiendo un altar en los propios muros del recinto.

(Tomado de Orbe)

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