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ESCÁNER: Échale salsita… Son y Casino de Cuba (+Fotos +Info +Video)

La Habana (Prensa Latina) Tierra de música y baile, Cuba lleva en las venas el legado cultural de ambas expresiones, unidas desde su génesis, con un desarrollo paralelo y devenidas hoy rasgos indiscutibles de la identidad nacional.
Por:
Yanisbel Peña Pérez

Periodista de la Redacción de Cultura

Yanisbel Peña Pérez

Periodista de la Redacción de Cultura

Marta Cabrales

Corresponsal de Prensa Latina en Santiago de Cuba

Marta Cabrales

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Yanisbel Peña Pérez

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Ya sea con el Son, Mambo, Chachachá, la Conga o el Baile de Casino, en la mayor de las Antillas danzar constituye una declaración de conciencia cultural, de respeto a las generaciones precedentes, y el cuidado de un legado para las futuras.

En el son y el casino, por ejemplo, confluyen tradición y modernidad, se complementan y nutren con los movimientos estéticos, mientras mantienen su esencia, capaz de sacudir las malas energías, romper la inercia y hacer bailar hasta a aquellos que aseguran tener dos pies izquierdos.

Hecho a la medida para la sensualidad y la calidez de la danza popular, el son tiene sus orígenes en las montañas orientales de la nación caribeña y mantiene una vigencia indiscutible por su capacidad de hacer vibrar, todavía, con temas emblemáticos como El que siembra su maíz o responden Son de la loma a la pregunta ¿De dónde son los cantantes?

Por su parte, el casino es resultado de la evolución de otras danzas, sazonado por elementos de moda y una pizca de agregos foráneos, los cuales tributaron a la idiosincrasia nacional y contribuyeron sobremanera a la posterior globalización de la Salsa.

 

A Divertirse Con Lo Más Sublime

El Son, convida la pieza Suavecito, popularizada en Cuba por el Septeto Nacional Ignacio Piñeiro en la primera mitad del siglo XX y eternizada en cuerpos y pies de bailadores, cadencia y disfrute.

Refiere la historia que ese género vocal e instrumental bailable surgió en la región oriental del país, en provincias como Guantánamo, Granma y Santiago de Cuba a finales del siglo XIX, si bien existen testimonios de sones cubanos antiguos desde la decimosexta centuria.

Llamada también como Son de altura, esa creación de Piñeiro recorrió el mundo y puso a moverse, cadenciosamente, a miles de personas que sucumbieron a esa armoniosa combinación derivada de la cuerda pulsada mediante la guitarra y el tres, la marímbula, el contrabajo y el bongó, las maracas y las claves.

Las letras, por su parte, revelaron en su sencillez aspiraciones y anhelos de las capas más humildes de la población, entre las cuales surgió, al tiempo que los estribillos contagiosos lograron trascender en el gusto popular.

Desde que en el 2012 el género fue declarado Patrimonio Cultural de la nación y al decretarse al 8 de mayo como Día del Son Cubano, en ocasión del nacimiento de Miguel Matamoros (1894-1971), esa vertiente sonora alcanzó dos cimas merecidas, a la altura de su muy reconocida aceptación en la isla.

Siendo un baile eminentemente de pareja, permite la libertad de movimientos que aleja y acerca a los cuerpos en un toma y daca pegajoso que parece no tener fin mientras suena la música.

Son muchos los musicólogos que apuntan a Miguel Matamoros como una de las figuras cumbres de la creación sonera y en Santiago de Cuba, su ciudad natal, una escultura lo evoca, sombrero y guitarra en manos, en una de las más céntricas esquinas del corazón urbano.

De igual manera, el festival internacional MatamoroSon convocó durante varias ediciones cultores cubanos y extranjeros de ese ritmo con realce para las agrupaciones Septeto Santiaguero y Ecos del Tivolí.

Estos conjuntos que fueron ganadores de dos premios Grammy Latinos y Cubadisco, respectivamente, defienden al Son en sus discografías con un apego que se renueva con arreglos modernos y aires muy contemporáneos.

Bastaría asomarse a una celebración familiar o social, de cumpleaños, bodas u otros motivos, para constatar cuánto impregna esa variante sonora y danzaria en esos momentos de esparcimiento. En ellos, sin llegar al extremo de desearle la muerte “a quien por bueno no lo estime”, como exageran en Suavecito, se le rinde pleitesía.

Permiso, llegó el Casino

Desde que irrumpió en los salones de baile en la década de 1950, el Baile de Casino no hizo más que reafirmarse como manifestación cubana por excelencia; no es una moda del momento, ni una copia de ritmo foráneo alguno.

Para la investigadora y Premio Nacional de la Enseñanza Artística 2011, Graciela Chao, el fundamento del Casino radica en elementos básicos del Danzón, el Son urbano y el Chachachá.

A juicio de la destacada profesora de la Universidad de las Artes (ISA), el aporte de estas maneras de bailar está en los “pasos básicos, los giros, los paseos, los marques, la caja y numerosas figuras”, aseguró en su texto Dos siglos de bailes populares de salón cubanos.

 

Tales expresiones, recuerda la exbailarina del Conjunto Folklórico Nacional, tomó forma en los bailes del Casino Deportivo de la Playa de Marianao, en La Habana, desde donde, en parejas o en la famosa Rueda de Casino (coreografía de varias duplas), se convirtió rápidamente en un fenómeno nacional que no tardó en desbordar las fronteras de la isla.

Como resultado de una constante evolución de la música popular bailable cubana durante la segunda mitad del siglo XX, y las necesidades del bailador, cada vez más exigente, el Casino también dio un salto cualitativo que lo hizo moldeable a los ritmos de moda.

Como expresión danzaría, igualmente adoptó aires reconocibles con cada nueva sonoridad que aparece en el panorama nacional.

El Casino y sus bailadores acoplan con gracia al ritmo del Songo, que llegó de la mano del maestro Juan Formell y Los Van Van en el decenio de 1970; igual sucedió por la misma época con la Salsa, un fenómeno que merece otras líneas.

Y también el Son más moderno promovido con ingenio por el desaparecido maestro, compositor, arreglista y Premio Nacional de Música, Adalberto Álvarez, y luego con la Timba y sus diferentes maneras de hacer, acota Chao.

El director de Danza Contemporánea de Cuba, Miguel Iglesias, anota entonces la complejidad identitaria del Casino, que más que un medio de diversión, explica, “sus movimientos son reflejo del carácter del cubano, de su evolución, ingenio y capacidad expresiva”.

“El Baile de Casino es uno de nuestros patrimonios culturales, está presente en todo el país y lo disfrutan por igual todas las generaciones”, insiste Iglesias, también bailarín y coreógrafo.

Por su parte la profesora y bailarina cubana especializada en Danza Moderna y Folclórica, Bárbara Balbuena, agrega que a la popularidad y reconocimiento del Casino como baile popular contribuyó mucho el desarrollo de la enseñanza artística en el país, en los diferentes niveles.

Asimismo la apertura para su disfrute en nuevos espacios, con destaque para programas televisivos, la exposición al turismo como producto artístico y el intercambio cultural con otras regiones del mundo.

Todo contribuye a que el popular baile cubano disfrute hoy de excelente salud, opina Balbuena en su artículo El casino y el fenómeno mundial de la salsa, “pues disputa su preferencia entre los diferentes estilos de bailes que acompañan a la salsa y otros géneros de música caribeña y latinoamericana en el mundo”.

“El Casino ha alcanzado un índice alto de desarrollo expresivo e interpretativo a partir de un continuo proceso de asimilación, negación, renovación y cambio progresivo hacia nuevas creaciones al pasar de una generación a otra por más de siete décadas de bailadores”, concluye la estudiosa.

arb/mc/ypp

Colaboraron en este trabajo:

Claudia Hernández
Claudia Hernández Maden

Periodista de la Redacción de Cultura de Prensa Latina

Amelia Roque

Editora Especiales Prensa Latina

Laura Esquivel

Editora Web Prensa Latina

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