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1994, cuando la sangre anegó Ruanda (+Fotos y Video)

La Habana, 7 abr (Prensa Latina) El 6 de abril de 1994 el jet Falcon 50, avión en que viajaban los presidentes de Ruanda y Burundi, Juvenal Habyarimana y Cyprien Ntaryamira, fue derribado por misiles disparados desde un área ocupada por remanentes del Ejército.
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Por Julio Morejón Tartabull

Transcurrieron 28 años del suceso que echó a andar la ejecución de un macabro plan de eliminación física de la comunidad tutsi, el 14 por ciento de la población, integrada, además, por un 84 por ciento de ascendencia hutu y un mínimo de origen twa, pigmeos y el resto personas de procedencia foránea.

Todo fue proyectado: el 6 de abril murió Habyarimana, el 7 asesinaron a la primera ministra, Agathe Uwiligiyimana; el 9 de abril masacraron a un centenar de tutsis en una iglesia en Gikondo y el 18 aniquilaron a 12 mil tutsis en el estadio de Gatwuaro. La tragedia avanzó mientras la radio de las Mil Colinas convocaba al genocidio.

La composición demográfica de por sí no constituyó la principal fuente que allanó el camino a las masacres, acciones planeadas mucho antes de desatarse la guerra en 1990 y comenzar a declinar en 1993, cuando el Gobierno y el Frente Patriótico Ruandés (FPR) negociaban la paz en la ciudad tanzana de Arusha.

Políticos cercanos a las conversaciones opinaban que estas avanzaban y abrían un espacio a la reconciliación interétnica, un tema complejo en la región de los Grandes Lagos, cuyos conflictos en muchos casos resultan secuelas del colonialismo.

En Ruanda -colonia alemana hasta 1918 y belga de 1924 a 1962- los intereses políticos en juego dependían de una estructura estatal que estableció una diferencia entre hutus y tutsis, estos últimos integraban una comunidad privilegiada por las autoridades europeas de ocupación. Esa discriminación impulsó a la guerra.

“A los tutsis, que conformaban el 14 por ciento de la población, les fueron otorgados mejores empleos, por considerarse que eran más parecidos a los europeos, mientras que los hutus, mayoría en Ruanda, fueron relegados a tareas menos cotizadas”, comentó france24.com. acerca de las fuentes de la discordia.

En 1961 la élite hutu tomó el control del Gobierno, abolió la estructura monárquica y declaró al país como República, aunque esta fue internacionalmente reconocida en 1962 al igual que la de su vecino Burundi.

Se calcula que entre 1959 y 1964 la represión interna causó 120 mil muertos y más de 160 mil tutsis huyeron a los países vecinos, y ese desarraigo ayudó a fomentar un modo primario de nacionalismo, basado en la solidaridad étnica en tanto que necesidad para la supervivencia del grupo.

Varios países de los Grandes Lagos, entre estos Uganda, brindaron abrigo a los refugiados y les apoyaron en la educación y asistencia social, así como en la preparación militar, algunos en el exilio llegaron a ocupar puestos oficiales importantes como fue el caso de Paul Kagame, actual mandatario ruandés.

Kagame -forjado como combatiente en la guerrilla del Movimiento de Resistencia Nacional, de Yoweri Museveni, que derrocó al gobierno de Milton Obote-, en 1985 creó el Frente Patriótico Ruandés (FPR) mayormente con afines de su comunidad.

En octubre de 1990 el FPR comenzó las acciones armadas contra el ejecutivo de Habyarimana, una guerra civil que declinó a partir de 1992, cuando las partes lograron firmar un cese el fuego, pero a la larga un elemento contaminó el entendimiento: la milicia extremista Interhamwe.

El ejército ruandés recibía el apoyo de Francia y de Zaire, su aliado más cercano en la zona y lo sostenía políticamente el Movimiento Revolucionario Nacional para el Desarrollo -MRND-reunido por Habyarimana, pero la guerrilla tutsi avanzaba en su ofensiva hacia la capital, Kigali.

En tales condiciones del cuadro bélico Ruanda llegó a los primeros meses de 1994, con un notorio retroceso de las tropas gubernamentales en el teatro de operaciones, pero también con una escalada racista sin precedente, lo que condujo a un amplio malestar antitutsi.

Esa contaminación ideológica compartida por los jefes militares y el MNRD, presagiaba una posible escalada de violencia gubernamental y el derribo del avión ejecutivo con los dos presidentes hutus activó planes genocidas.

Asimismo, en un país donde factores socioeconómicos se fusionan gravemente con el fanatismo étnico, los medios de difusión desempeñaron un papel “goebeliano”, como agentes promotores de asesinatos masivos frente al derrumbe de una administración supremacista muy desgastada por la guerra.

La Radio Televisión Libre de las Mil Colinas (RTLM) constituyó el cetro ideológico que acompañó las masacres con machete, el arma por excelencia de las bandas extremistas que de noble herramienta de trabajo lo transformaron en instrumento homicida, mientras la emisora devenida voz oficial conminaba a “matar a las cucarachas” (inyenzi en kinyaruanda).

También se asoció al crimen la revista Kangura, vocera del Gobierno, promotora del odio racial, al igual que su versión radiofónica; sus copias con instrucciones se leían en los manifestantes convocados por la facción paramilitar Interahamwe, quienes en sus demostraciones públicas blandían amenazadoramente los machetes luego empleados.

Sin remedio para más, Habyarimana y Ntaryamira regresaban de Arusha el 6 de abril de 1994, luego de sostener contactos con el FPR, cuando el avión se precipitó y, como parte de las investigaciones, el cadáver del mandatario ruandés fue trasladado a Zaire, entonces gobernado por el dictador Mobutu Sese Seko.

A partir del doble magnicidio se desató el genocidio, en el cual perecieron entre 800 mil y un millón de ciudadanos ruandeses de la comunidad tutsi, pero también muchos hutus de conducta política moderada que añoraban la paz, quienes aparecían censados como subversivos.

La tragedia, a la cual la ONU le volvió el rostro cuando redujo y luego evacuó al personal de sus fuerzas de paz, se extendió por 100 días y en ella se indicó responsabilidad indirecta de Francia, reconocida por el presidente Emmanuel Macron, durante su visita oficial a Kigali en mayo de 2021.

mgt/to/mt

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