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La infame intervención de Estados Unidos en Cuba (+Fotos)

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La Habana (Prensa Latina) Estados Unidos declaró oficialmente la guerra a España, el 25 de abril de 1898, a los cinco días del Presidente William McKinley sancionar la llamada Resolución Conjunta, aprobada el 18 por ambas cámaras del Congreso estadounidense.
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Marta Denis Valle

Historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina

Se exigía a Madrid renunciar a su autoridad y gobierno en la Isla de Cuba, autorizaba al mandatario a usar en su totalidad las fuerzas militares y navales y llamar a servicio activo a cuantas personas considerara necesarias para hacer cumplir dicha resolución.

Si bien se expresa en el texto de la Resolución Conjunta «Que el pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente», fue eliminado un pronunciamiento referido al «reconocimiento de la República de Cuba en armas».

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El 21 de abril, se ordenó a la escuadra norteamericana del almirante William Thomas Sampson (1840-1902) bloquear La Habana y demás puertos cubanos para impedir la entrada de alimentos, todo tipo de comercio y refuerzos.

Desde el atardecer del 22 de abril el bloqueo se hizo efectivo por parte de unos 10 barcos que se presentaron frente a las costas cubanas, entre ellos el «New York», el «Indiana», el «Iowa», el «Montgomery» y el «Marblehead».

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También fueron movilizados 120 mil civiles, ordenada la reorganización del ejército y se dictaron impuestos de guerra. Al empezar la contienda las tropas regulares eran cerca de 28 mil hombres y en unos tres meses los efectivos llegaron a alrededor de 280 mil.

El 29 de marzo, por unanimidad, el Congreso había aprobado 50 millones de dólares para los preparativos bélicos.

Bombardeos y diversas escaramuzas tuvieron lugar en los meses siguientes en los principales puertos cubanos ‑Cárdenas, Matanzas, Cienfuegos, Mariel y otros‑ y contra naves españolas en aguas próximas, que eran atacadas e incluso apresadas, dada la cercanía de Cayo Hueso donde estaba surta la flota norteamericana.

Los escenarios de esta intervención serían, Cuba, Filipinas y Puerto Rico.

España ya había invertido hasta «el último hombre y la última peseta» y no podía extraer más de su arruinada economía. Incluso, ante la cercanía de un agravamiento de la situación.

Por orden del Gobierno de Madrid, el 11 de abril el Capitán General Ramón Blanco había anunciado la suspensión de las hostilidades al tiempo que se integraban comisiones de autonomistas para entrar en contacto con los insurrectos.

POSICIÓN DE WASHINGTON

Estados Unidos observó a distancia hasta comienzos de 1898 la sangrienta gesta por la independencia de la Mayor de las Antillas. Ya se libraba la tercera guerra contra España sin el reconocimiento estadounidense de la beligerancia de los patriotas y el desenlace del conflicto estaba cercano; era sólo cuestión de tiempo.

El generalísimo Máximo Gómez afirmaba -en sentido figurado- que sus tres mejores generales eran junio, julio y agosto, meses del riguroso verano cubano, de lluvias, ciclones y epidemias. Y, casualmente, fueron estos meses los que escogería EEUU. para su invasión.

Desde el levantamiento armado del 24 de febrero de 1895 los mejores generales españoles habían fracasado sucesivamente frente al Ejercito Libertador cubano, la invasión de oriente a occidente llevó la insurrección a todo el país. Era el momento de un tardío ensayo de «gobierno autonómico» en Cuba y Puerto Rico, según decreto real de finales de noviembre de 1897.

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Por aquel entonces el Presidente William McKinley negociaba la quinta oferta norteamericana hecha a la Corona Española durante el siglo XIX para comprar a Cuba y cerraba las presiones diplomáticas contra la arruinada Metrópoli, otrora dueña del «nuevo mundo».

Aunque resultaba imposible un arreglo entre la colonia y la insurrecta Cuba Libre, las autoridades dieron posesión el 1 de enero de 1898 a un consejo de secretarios constituido por cinco miembros del partido autonomista criollo (contrario a la independencia) y dos del reformista español.

A los pocos días, EEUU. ya consideró fracasado el proyecto, pues el 12 de enero tuvieron lugar en La Habana desordenes alentados por elementos integristas contrarios a un gobierno autonómico.

Una avanzada de la nueva política estadounidense fue la llegada a las aguas habaneras del acorazado Maine.

PRETEXTOS DE WASHINGTON

En La Habana existe un monumento que recuerda el estallido en su bahía del acorazado estadounidense «Maine» ‑cuya causa aún se discute‑, en la noche del 15 de febrero de 1898, el cual fue el detonante para la intervención de Estados Unidos en la guerra hispano‑cubana.

Con una tarja que expresa: «A las víctimas de El Maine que fueron sacrificadas por la voracidad imperialista en su afán de apoderarse de la isla de Cuba. Febrero 1898- Febrero 1961»

El barco estalló misteriosamente, con 266 marinos a bordo -la mayoría de los oficiales se encontraban en tierra-, dando pie a una marea guerrerista que en pocos meses convirtió a Washington en una potencia con enclaves en el Caribe y el Pacifico.

Las autoridades peninsulares repudiaron, desde el primer momento, las versiones respecto a su culpabilidad, difundidas por los periódicos de Nueva York y de otras ciudades norteamericanas.

Madrid había rechazado días antes la nueva oferta de compra de Cuba y tampoco aceptó el armisticio aunque se dispuso a suspender las hostilidades luego de una petición, el 9 de abril, del Papa y de las grandes potencias europeas.

Al compás de la campana antiespañola de la prensa estadounidense, McKinley presentó (por medio de su ministro en Madrid General Steward L. Woodford) un ultimátum de 48 horas a España -a partir del 29 de marzo- demandando un armisticio hasta el 1 de octubre para negociaciones de paz.

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Entre los que alentaron la acción rápida estuvo el entonces subsecretario de marina y más tarde presidente del país Theodoro Roosevelt (1858-1919), quien impulsó la preparación acelerada de la armada para la guerra inmediata.

A los preparativos de la guerra contra España, contribuyó la propaganda desplegada por el magnate periodístico William Randolph Hearst (1863-1951).

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En próximas entregas abordaremos los detalles de cómo el vigésimo quinto presidente de Estados Unidos (1897-1901), William McKinley (1843-1901) alcanzó la ambición de sus predecesores de convertir a su país en potencia mundial.

Se apoderó sin escrúpulos de Cuba, Puerto Rico y Filipinas; en la bahía de Manila, el 1 de mayo de 1898, la escuadra del comodoro Dewey destruyó las fuerzas navales del contralmirante Montojo.

El 1 de julio sucumbió la escuadra española del almirante Pascual Cervera a la salida de la bahía santiaguera; el 25 de julio bombardeó y desembarcó en Puerto Rico, las tropas hispanas se rindieron en Santiago de Cuba, el 16 de julio.

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De un plumazo, en pocas semanas, pasaron a manos estadounidenses más de 400 mil kilómetros cuadrados y unos 10 millones de personas, confirmado por el Tratado de Paris (10 de diciembre de ese año).

rmh/mdv

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