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La Enmienda Platt, un engendro estadounidense siempre repudiado

Enmienda Platt
La Habana (Prensa Latina) Los cubanos consideraron un atentado a su soberanía e independencia, la imposición a la naciente república en 1902, de la Enmienda Platt, cuyas secuelas intervencionistas se mantuvieron muchos años y originaron una base militar en la bahía de Guantánamo.
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Por Marta Denis Valle

Historiadora, periodista y colaboradora de Prensa Latina

Eso se expresó en la prensa, en diversas manifestaciones en esta capital y otros lugares del país, y en el seno de la Asamblea Constituyente.

El 2 de marzo de 1901, día en que el presidente estadounidense William McKinley firmó la Enmienda Platt, más de 15 mil habaneros recorrieron las principales arterias urbanas, visitaron la Asamblea Constituyente y luego marcharon hasta el antiguo Palacio de los Capitanes Generales (actual Museo Histórico de la Ciudad).

Allí una comisión de 15 personas visitó al gobernador Leonardo Wood y le entregó una nota para el mandatario norteamericano.

Circuló igualmente en Cuba y fue repartido durante la marcha un llamamiento al pueblo estadounidense, cablegrafiado a los periódicos norteamericanos en demanda de justicia e invocando «la voz de Abraham Lincoln, declarando el respeto a la libertad de los pueblos y el imperio de los derechos de los hombres». Hubo también voces de mucho prestigio que se opusieron, como los patriotas Juan Gualberto Gómez y Salvador Cisneros Betancourt.

Este último emitió un voto particular ante la Constituyente, el 15 de marzo, para que la Convención rechazara la Enmienda Platt pues -dijo- «no se le deja elección a los cubanos para nada, supuesto que tienen que aceptar las conclusiones propuestas…», ya convertidas en Ley.

Juan Gualberto Gómez redactó la enérgica respuesta de los constituyentes, pronunciada en la Sala de la Convención el 26 de marzo de 1901.

Con las tropas yanquis presentes en el suelo cubano y el mar aledaño, la Casa Blanca rechazó durante semanas los esfuerzos de la Convención Constituyente de la Isla para sacudirse la Enmienda o de mermar sus efectos.

El 5 de junio de 1901, por solo un voto de diferencia y con la aclaración de unos y otros de por qué se pronunciaron a favor o en contra, la Enmienda Platt era aceptada, luego de la revisión del acuerdo por la comisión de estilo.

Algunos constituyentes que estaban en contra, vieron como única salida para la futura República aprobar la incorporación del apéndice con aclaraciones.

La Casa Blanca rechazó el acuerdo de la Convención Constituyente cubana mediante una comunicación del Secretario de la Guerra con el argumento de que se trataba de una ley del Congreso, y por tanto había que acatarla tal cual era, o sea, hasta con sus puntos y comas.

Cuatro constituyentes no asistieron a la sesión del 12 de junio cuando se aprobó, sin adiciones ni debates, por 16 votos a favor y 11 en contra, la incorporación de la Enmienda Platt a la Constitución de 1901.

EL OPROBIOSO GARROTE

El documento, conocido por Enmienda Platt, fue introducido el 26 de febrero de 1901 por el senador Orville H. Platt como enmienda al proyecto de créditos para el ejército en el año fiscal siguiente, prácticamente de obligada aprobación pues de lo contrario los militares se quedarían sin presupuesto.

A pesar de la oposición de un número importante de congresistas, finalmente fue adoptada por el Senado y la Cámara, y firmada el 2 de marzo por McKinley.

La Enmienda Platt, que se integró al Tratado Permanente entre Cuba y Estados Unidos (1904) y el Tratado de Reciprocidad comercial (1903), signaron los destinos de la neocolonia cubana.

Hubo derroche de emociones, lágrimas y desconsuelo el 20 de mayo de 1902, cuando a las 12:00 meridiano terminó oficialmente la ocupación militar norteamericana.

Ante una escena al parecer de ciencia ficción, fue arriada la bandera de las barras y las estrellas e izada la cubana en lo alto del antiguo Palacio de los Capitanes Generales; otro tanto sucedió ese día en el Castillo del Morro y demás dependencias oficiales.

En el Salón Rojo del Palacio, el gobernador Leonardo Wood acababa de leer una breve carta del presidente Teodoro Roosevelt sobre la entrega del mando y, pausadamente, un largo documento de recomendaciones y pautas, en el espíritu de la Enmienda Platt.

Se obligaba al Gobierno de Cuba a nunca celebrar con Poder o Poderes extranjeros ningún tratado u otro convenio, incluidas la colonización o para propósitos militares o navales sobre alguna porción de dicha Isla.

Estados Unidos se aseguraba ejercitar el derecho de intervenir en Cuba, que sus actos durante la ocupación militar fueran tenidos por válidos, ratificados y que todos los derechos legalmente adquiridos en virtud de ellos, resultaran mantenidos y protegidos.

También la omisión de la Isla de Pinos de los límites de Cuba propuestos por la Constitución, dejándose para un futuro arreglo por Tratado la propiedad de la misma.

El Gobierno de Cuba debía vender o arrendar a los Estados Unidos las tierras necesarias para carboneras o estaciones navales en ciertos puntos determinados que se convendrían con el presidente del país norteño.

El establecimiento de una Base Naval en la bahía de Guantánamo, secuela de esa infamia, permanece clavada en el corazón de esta nación a más de un siglo de la imposición del engendro Platt, contra de la voluntad del pueblo y gobierno cubanos.

El convenio correspondiente fue suscrito en calidad de arriendo en 1903 y el 10 de diciembre de ese año Estados Unidos tomó posesión de parte de la bahía de Guantánamo y tierras colindantes.

Este enclave, además de significar una afrenta a la dignidad nacional, ha constituido durante decenios un foco de peligro, de amenazas e, incluso, de agresiones con el saldo de varias víctimas cubanas.

arb/MDV

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