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Apreciaciones sobre política exterior del nuevo Gobierno en Colombia

Bogotá (Prensa Latina) El presidente electo Gustavo Petro, al nombrar como su ministro de Relaciones Exteriores a Álvaro Leyva, aseguró que la cancillería de Colombia será de la paz y aportará al mundo todo su esfuerzo para superar la crisis climática.

Por Odalys Troya Flores

Corresponsal jefa de Prensa Latina en Colombia

Aunque también dijo que espera del mundo todo el esfuerzo para superar la violencia endémica en esta nación suramericana.

En entrevista con Prensa Latina acerca de cómo será el nuevo gobierno -que asumirá el 7 de agosto- en materia de relaciones exteriores, el académico Jairo Estrada explicó que para comprender los alcances de la política progresista de Petro en ese aspecto, es preciso tener como referencia la administración saliente de Iván Duque.

“Aquí me refiero solamente a algunos aspectos, sin considerar las continuidades que vienen desde gobiernos anteriores”, puntualizó el profesor del Departamento de Ciencia Política de la Universidad Nacional de Colombia.

Recordó que la política exterior estuvo marcada por la subordinación plena a los intereses estadounidenses y la derecha trasnacional, en una versión “ideologizada” y concordante con las narrativas más extremistas de sectores de derecha del Congreso de los Estados Unidos, de la mafia cubanoamericana de Miami y en general del gobierno de Donald Trump (2017-2021).

“Bien es sabido que el país fue alineado sin recato alguno con las concepciones anticomunistas, las cuales sembraron la tesis de la necesidad de contención de una presunta amenaza castrochavista en la región, así como del combate al “eje del mal” (Cuba, Nicaragua y Venezuela)”, precisó.

Para Estrada, el gobierno de Duque se erigió en estandarte del injerencismo estadounidense a través de las más variadas modalidades, como quedó comprobado no solo con los hechos, sino plasmado en el libro de memorias del exasesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton, titulado La habitación donde ocurrió.

Por otra parte, el país entró a hacer parte de diseños geopolíticos más complejos en tanto se concibió como parte de la contención de la influencia rusa, china e iraní en el área y particularmente fueron notorias las posturas frente a la presunta expansión rusa a través de Venezuela, apuntó.

Dentro de las incontables acciones injerencistas (directas o indirectas) del gobierno de Duque se encontraron, entre otras, el impulso de aventuras para el derrocamiento del gobierno de Venezuela, incluida la fallida operación mercenaria Gedeón, remarcó.

Además, la promoción del Grupo de Lima; la contribución para incluir a Cuba dentro de la lista estadounidense de “países patrocinadores del terrorismo”; el voto en blanco contra el infame bloqueo económico a Cuba, con el cual se rompió la tradición colombiana en contra desde 1992, adicionó.

“La convicción -casi hasta el delirio- de que hacía parte de una misión en defensa de ‘la libertad, la democracia y los derechos humanos’, lo llevó incluso de manera soterrada a pretender incidir en los resultados electorales del estado de la Florida esperando apoyar la reelección Trump”, señaló.

Ese asunto -indicó el también director de la revista Izquierda- lo dejó mal colocado con el triunfo de Joe Biden, obligándolo a doblar aún más la rodilla para ganarse los afectos del nuevo mentor de la Casa Blanca.

“Junto con ello, en segundo lugar, la política exterior se sustentó en la pretensión de ‘neutralización’ de propósitos de integración desarrollados lustros atrás por la Unión de Naciones Suramericanas y la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños”, comentó.

En ese aspecto, se impulsó la creación de Prosur y se hicieron los mayores esfuerzos por darle nuevos aires a la Organización de Estados Americanos (OEA), “organismo en inconcluso proceso de decadencia”, aseguró.

A ello agregó la continuidad de la política de integración basada en el “libre comercio”, pese a que la crisis capitalista agravada por la pandemia de la Covid-19 imponía nuevas condiciones que arreciaron las prácticas proteccionistas, incluso en los países del capitalismo central, opinó.

Asimismo, el apego a la política estadounidense de “guerra contra las drogas”, que como es sabido articula narcotráfico, terrorismo y disposiciones geopolíticas, acotó.

El profesor explicó a Prensa Latina que, aunque en materia de política exterior fueron evidentes las preferencias del gobierno de Duque por las políticas de Trump, de estas últimas debe decirse que representaron apenas una variante de la política de “seguridad nacional” extraterritorial (intervencionista) practicada históricamente por el gobierno de los Estados Unidos en defensa de sus llamados “intereses estratégicos”.

Por ello no sorprende que con el mandato de Biden -contrario a las tesis ligeras sobre su presunto progresismo en materia de política exterior- no se observe modificación sustantiva alguna.

La actual situación geopolítica mundial, incluido el acecho de una guerra mundial, es la muestra palpable y de esa invariabilidad no escapa Nuestra América, lo cual traza un contexto para el gobierno progresista que se inicia en Colombia.

NUEVO GOBIERNO, GIRO PROGRESISTA

Si se tienen en cuenta las declaraciones del presidente electo Gustavo Petro, así como del canciller designado Álvaro Leyva, debe esperarse un giro en las relaciones exteriores del Estado colombiano, aseveró.

Las formulaciones iniciales indican que la política exterior se caracterizará por el respeto a los principios de la soberanía y la autodeterminación, el propósito de impulsar procesos de integración sustentados en la búsqueda de consensos en torno al cambio climático y la redefinición del modo actual del desarrollo capitalista, y la consolidación de la paz regional, pormenorizó.

“En principio, se trata de anuncios que poseen un gran significado y refuerzan concepciones que buscan abrirse paso a través de otros gobiernos progresistas ya existentes en la región”.

Enfatizó al respecto que el triunfo de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales que se celebrarán en octubre de este año en Brasil, fortalecería aún más la posición progresista en perspectiva regional.

“Sin duda se está en presencia de nuevas condiciones de contexto, frente a las cuales no es aconsejable una valoración en términos de la simple sumatoria de la geografía del progresismo.

“Primero, porque en el nivel nacional-estatal no hay aún proyecto progresista que se pueda considerar consolidado, y, segundo, porque no hay un ‘consenso progresista’ regional”, argumentó.

En ambos casos, apenas se trata de procesos en curso sobre los cuales no está dicha la última palabra y recordó que en todas las experiencias actuales, se enfrentan las mayores resistencias “desde dentro”.

Pero, añadió, también se encuentra la celosa custodia de los Estados Unidos para que no se produzcan desbordes que pongan en cuestión de manera sustantiva su posición hegemónica en Nuestra América, así exhiba signos de debilitamiento, no solo por los cambios políticos registrados, sino por la presencia regional de otras potenciales mundiales, especialmente de China y Rusia.

En su opinión, las condiciones actuales en todo caso difieren de aquellas que se presentaron en la región en la primera década de este siglo.

“De las experiencias de los llamados gobiernos alternativos se puede afirmar, primero, que vistas de conjunto, asumieron rasgos más radicales mostrando en algunos casos posturas antiimperialistas y narrativas anticapitalistas, aunque con tendencia a la prevalencia de un espectro muy variopinto que incluía la moderación”, detalló.

En segundo lugar, lograron construir rápidamente una propuesta de “integración alternativa”, con algunas concreciones destacables, pero sin lograr llevar a feliz término el proyecto integrador, entre otras cosas por las diferencias que desde el ámbito nacional-estatal las inspiraban.

Y en tercer lugar, cuando pretendieron el desborde antisistémico o la desalineación frente a los Estados Unidos, se encontraron frente a estrategias que combinaron el intervencionismo imperial (golpes de Estado, guerra económica, “lawfare”, ofensiva mediática y otras) con una acción opositora de derecha “desde dentro”, articulada transnacionalmente.

Para Estrada el progresismo actual se caracteriza por una mayor moderación y el no cuestionamiento al imperialismo estadounidense; pretende más bien otro tipo de relacionamiento con Washington, sin pretender quebrar las estructuras de dependencia entronizadas históricamente y no es de ruptura.

“En presencia de unas condiciones de dominación de espectro completo, como son las impuestas por los Estados Unidos, representa un “avance democrático” y la expectativa de un “reformismo continuado”.

A su juicio, la política progresista del gobierno de Petro se inscribe dentro de ese planteamiento general, pero a diferencia del resto de países del continente, posee un condicionante de peso mayúsculo: Colombia es “aliado estratégico” y “socio global” de la OTAN, doble condición única en Nuestra América.

EJERCICIO COMPLEJO DE EQUILIBRIO

Así es que el giro de la política exterior tendrá que hacerse a través de un ejercicio de complejo equilibrio entre lo anunciado por el gobierno y la señalada doble condición.

Para ello, manifestó, se precisará la construcción de un “consenso de política exterior” con los Estados Unidos, mediante el cual al tiempo que la potencia imperial tenga la certeza de que no habrá transgresión de sus intereses estratégicos mayores, el gobierno posea margen de actuación para un relacionamiento con ese país y la región sustentado en los preceptos de política exterior anunciados.

Según su criterio, por la postura hasta ahora mostrada por los Estados Unidos, podría existir el interés de discutir condiciones para habilitar una “política exterior controlada” en el sentido de evitar el desborde, o de propiciar la “auto-regulación” por el propio gobierno.

Por lo que seguramente “se tratará de dotar con otros contenidos y narrativas la noción de ‘aliado estratégico’, buscando superar el indigno arrodillamiento que predominó históricamente en la política exterior colombiana”, señaló.

Recalcó que si este planteamiento se desglosara, son muchos los temas que aparecen en la escena, algunos de ellos interrelacionados y todos con alcance geopolítico.

“Me refiero, por una parte, al propósito de la paz completa, a la normalización de las relaciones con la República Bolivariana de Venezuela, a la calidad de las relaciones con Cuba y Nicaragua, y a la política antidrogas, entre otros”, refirió.

Apuntó que en todos esos casos, a diferencia de lo que ingenuamente se pudiera pensar, se trata de procesos complejos con temporalidades inciertas, que no se agotan en simples declaraciones de voluntad y demandan labores de filigrana.

Esto, no solo para reconstruir relaciones bilaterales severamente afectadas por el gobierno de Duque, sino para encauzarlas por una senda que brinde confianzas y certezas a las partes involucradas.

En el mismo sentido pero con otros alcances se encuentran las relaciones con China y sobre todo con Rusia, que también sufrieron el deterioro.

“El giro de la política exterior también supone la recuperación de la diplomacia, extraviada en la oscuridad de las narrativas de la extrema derecha”, expresó Estrada, quien también dialogó con Prensa Latina sobre la importancia de la renegociación del Tratado de Libre Comercio.

El propósito del gobierno progresista de Petro, de impulsar un consenso regional en torno al cambio climático y la descarbonización del régimen de producción predominante, permitirá introducir con mayor fuerza otro tipo de discusiones, que trascienden las históricas sobre política exterior progresista, auguró.

En ese campo se encuentran sin duda posibilidades interesantes y opciones de ejercer otro tipo de liderazgo regional, que en todo caso chocarán con las condiciones del capitalismo realmente existente.

Desde la perspectiva de la geopolítica mundial, la alineación de Colombia con la OTAN en calidad de “socio global” le resta objetivamente margen de maniobra para una política exterior soberana y limita el propósito de hacer de Colombia una “potencia mundial de la vida”, si se tiene en cuenta el militarismo inherente a ese tratado político-militar controlado por los Estados Unidos, advirtió.

Se esperaría que los propósitos anunciados de la política exterior progresista de Petro tengan la debida expresión y consecuencia en su actuar en el sistema de la Organización de Naciones Unidas.

Finalmente debe decirse que, a pesar de algunos trazos comunes, la tarea de constitución de un bloque regional de política exterior progresista se encuentra pendiente, aunque posee condiciones de posibilidad.

arb/otf

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