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Cuba: Los terroristas y el secuestro de los pescadores de Caibarién

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La Habana (Prensa Latina) Transcurría 1970, los cubanos estaban inmersos en la colosal campaña que llamaron la zafra de los 10 millones (de toneladas de azúcar), y la contrarrevolución, siempre dirigida por el gobierno de turno en Washington, estaba activa empeñada en entorpecer el titánico esfuerzo.

Por coronel (r) Nelson Domínguez Morera (Noel)

Ocupó responsabilidades de dirección en los cuerpos de Seguridad del Estado

En la subversión interna y externa, se urdía todo tipo de sabotajes y acciones encaminadas a boicotear la histórica zafra, tales como la quema indiscriminada de cañaverales y la obstrucción de negociaciones para la compra de repuestos a nuestros añejos centrales, cuya maquinaria se resistía a tal reto.

Entre las acciones de boicot figuraron asimismo los atrasos en la entrega de fertilizantes, e impedir la adquisición de créditos y otras mil formas de la guerra económica encaminada a iguales fines.

Con la intención de desviar la atención del esfuerzo principal, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) conformaba sus planes y, como siempre, se empleó a fondo contra dos desprotegidas tripulaciones.

Once humildes pescadores estaban en las dos modestas embarcaciones destinadas a esas faenas en Caibarién, puerto pesquero de la entonces central provincia de Las Villas, que incluía también a Cienfuegos y Sancti Spíritus. La pesca era otro renglón económico importante en plena vía de desarrollo en esos momentos.

El 10 de mayo de 1970, las embarcaciones “Plataforma I” y “Plataforma IV”, pertenecientes a la cooperativa pesquera de la localidad, fueron asaltadas descarada y abusivamente por piratas armados al servicio de la organización terrorista Alpha 66, radicada en Miami y auspiciada por la CIA.

Los asaltantes las destruyeron y hundieron. Sus humildes y desarmados tripulantes fueron secuestrados y llevados por la fuerza, primero hacia las costas de Cayo Francés, un islote ubicado en territorio de las Bahamas, posesión británica en esos tiempos. Posteriormente se supo que de allí los condujeron esposados para la isla Andros, igualmente en las Bahamas.

REACCIÓN POPULAR DE INDIGNACIÓN Y ASOMBRO

Hubo reacción popular de indignación y asombro tan pronto la referida organización terrorista dio a conocer la noticia por medio de un “parte de guerra”. No se hicieron esperar las denuncias públicas del gobierno revolucionario y en organismos internacionales se responsabilizó al gobierno de Estados Unidos como el principal culpable de los hechos.

Cuba emplazó al gobierno norteamericano a responder por la vida de los 11 pescadores y le exigió la devolución de aquellos hombres de mar sanos y salvos, sin condición alguna. También al gobierno británico se incriminó.

Internamente se organizaron, dirigidos personalmente por el Comandante en Jefe Fidel Castro, los planes más audaces, jamás concebidos, para rescatarlos a cualquier precio. Se despacharon además unidades marítimas de guerra y patrullaje con aviación incluida para impedir que los piratas los desplazaran hacia territorio de la Florida, de donde habían partido para la felonía.

El entonces ministro de Comunicaciones y destacado luchador revolucionario estrechamente vinculado a Fidel, desde la ortodoxia, comandante Jesús Montané Oropesa, montó su puesto de dirección en la estación de comunicaciones situada en La Chorrera, desde donde afanosamente se intentaba establecer comunicación radial con las diminutas embarcaciones y sus heroicos tripulantes, con la esperanza de que aún se mantuvieran a bordo.

Esos desesperados intentos se mantuvieron durante tres días ininterrumpidos, sin tomar descanso para el sueño, ignorándose que ya las mismas habían sido voladas con explosivos y hundidas.

Mientras, en el frente militar, con la presencia del jefe de la Revolución, se aceleraba la preparación de los pertrechos y los ejercicios de ensayo para el rescate con las patrulleras Griffins, recién adquiridas y concentradas en el puerto más cercano al lugar donde los modernos piratas mantenían a los dignos pescadores cautivos y objeto de todo tipo de presiones.

Aquellos hombres de pueblo rechazaron una y otra vez las ofertas tendentes a pedir a Cuba intercambiarlos por mercenarios que días antes habían sido detenidos en Baracoa, cuando intentaban ingresar al país para realizar sabotajes. Fracasaron también en sus propósitos de que desertaran a cambio de bagatelas y bajezas propias de su calaña.

GRAN CONCENTRACIÓN DEL PUEBLO

Paralelamente, Fidel convocó a una gran concentración popular frente al edificio donde los suizos representaban todavía al gobierno norteamericano, dado que aún no se había realizado el intercambio de Secciones de Intereses.

El objetivo de la manifestación fue presionar al gobierno de Washington como responsable directo de las acciones terroristas de la contrarrevolución, y con ello lograr la inmediata devolución y sin condiciones de los valerosos pescadores.

Se seleccionó un adecuado puesto de mando para que el Comandante en Jefe pudiera apreciar el arribo de la multitud, su envergadura, estado anímico y otros factores.

El lugar escogido fue la suite presidencial del Hotel Nacional, la número 279, ubicada en el segundo piso de la instalación, sitio estratégico porque desde su balcón hacia el mar se divisa, con real simbolismo dado el escenario del secuestro, una gran parte del litoral, así como la explanada destinada a la masiva concentración.

En la suite se instaló todo tipo de comunicaciones, creándose condiciones para que Fidel pudiera arribar desde los garajes de servicio del sótano de la instalación hotelera sin ser asediado por los turistas allí hospedados.

Hubo que persuadir a “Tavito” (coronel del Ministerio del Interior, ya fallecido, en aquel entonces Jefe del Estado Mayor), que no resultaba necesario el número de habitaciones bloqueadas por medidas de seguridad, ni el uso de armamento visible.

En eso se estaba cuando intempestivamente, sin previo aviso como siempre lo hizo y constituyó su principalísima medida personal de seguridad, apareció el líder de la Revolución Cubana con pasos agigantados y rostro desafiante.

Fidel comenzó el minucioso cuestionario indiscriminadamente dirigido a cualquiera de los pocos presentes: ¿Cuántas personas cabrán en la explanada (hoy denominada “La Piragua”)? ¿Qué se sabe de los pescadores? ¿Quién puede informarme de los resultados de los experimentos con las Griffins? (se refería a intentos de ser reabastecidas de combustible en altamar, dada la distancia a recorrer para llevar a cabo el rescate), y así muchas otras preguntas.

Se incorporaron el comandante Manuel Piñeiro Losada, “Barbarroja”, en ese entonces viceministro del Minint y jefe de su Órgano de Inteligencia, dirigentes del partido, de comunicaciones, la pesca, el administrador del hotel y otros que fueron haciendo pequeño el espacio disponible en la espaciosa terraza.

Alguien de la escolta le alcanzó unos prismáticos y Fidel se dedicó a panear el horizonte mientras hablaba sin cesar, daba órdenes y reclamó: “Gallego -refiriéndose a Barbarroja-, vamos a rescatarlos a cualquier precio, y entablar combate si se resisten, con los contrarrevolucionarios o con la propia armada de Estados Unidos. ¡¡No saben en lo que se han metido!!!”

“Esta multitud se va a sentir enardecida cuando demos la noticia… ¿Ustedes, qué creen?”, la inmensa mayoría de los presentes aglutinados a su alrededor asintieron. Él continuó escudriñando el horizonte y la multitud que comenzó a aglomerarse.

Entonces se volteó y pidió que le comunicaran con Punto “0”, el Ministerio de las Fuerzas Armadas, las Tropas Guardafronteras y otros lugares, a fin de actualizarse de cómo iban las labores de rastreo y búsqueda en los cayos, así como otros sitios adyacentes.

De forma paralela instruyó a la Cancillería a continuar las presiones con los gobiernos involucrados, exigiéndoles sus responsabilidades.

Los momentos de suma tensión comenzaron a ceder cuando las autoridades bahameses reportaron que avistaron a los pescadores abandonados por los contrarrevolucionarios en las inmediaciones de un cayo, y que los rescatarían y los entregarían de inmediato al gobierno revolucionario.

La alegría fue inmensa en la abarrotada suite presidencial del más legendario de los hoteles cubanos, devenida en puesto de mando de avanzada.

Esa habitación del Hotel Nacional fue escenario y testigo mudo de un acontecimiento histórico, así como una enseñanza para los presentes sobre la permanente preocupación para con el pueblo, el arrojo y métodos de toma de decisión del máximo líder del proceso revolucionario cubano.

Horas más tarde de aquel memorable 19 de mayo de 1970, el Comandante en Jefe le habló a la multitud que se enardeció hasta el delirio cuando le informó que los pescadores ya estaban liberados y entregados sanos y salvos por autoridades británicas a nuestro personal diplomático en Nassau, Bahamas, sin pizca de concesiones, y se aprestaban a traerlos de regreso a la patria.

Fidel reveló, además, a la impresionante concentración, las medidas que en el plano militar se adoptaron y obligaron a los contrarrevolucionarios a salir desperdigados refugiándose, como siempre, en su madriguera de Miami.

Con ello desenmascaró una vez más el cinismo, la hipocresía y las mentiras del gobierno estadounidense, así como la disposición de los cubanos de llegar hasta donde fuera necesario para liberar a los humildes hombres de mar y que al final fueron las masas las que impusieron esa liberación.

También en aquella memorable ocasión, Fidel volvió a hacer gala de su tradicional honestidad y transparencia, no mentir jamás, al aprovechar la multitudinaria concentración para dar a conocer que a pesar del inmenso trabajo colectivamente emprendido, la zafra de los 10 millones no podría alcanzarse en esa totalidad.

Pero quedaría en la historia reflejada como el más titánico esfuerzo de dirección, organización y ejecución de voluntades conjuntas emprendidas por la Revolución, hasta ese mismo momento histórico.

arb/ndm

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