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Silvio Rodríguez, el Combatiente (I) (+Fotos)

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La Habana (Prensa Latina) Silvio Rodríguez Domínguez, juglar universal entre los fundadores de la Nueva Trova de Cuba, cumplió el 29 de noviembre 76 años de vida íntegra, honorable y trascendente; como todo o casi todo, que no es lo mismo pero es igual, transcurrió esta conversación en medio de los azares del trabajo y la amistad.

Por coronel (r) Nelson Domínguez Morera (Noel)

Ocupó responsabilidades de dirección en la Seguridad del Estado

Noel: Es conocida, sobradamente, su relación y la influencia recibida de Yeyé (Haydée Santamaría Cuadrado, combatiente del Moncada y fundadora en 1959 de Casa de las Américas). ¿Tuvo ella algo que ver con la organización del viaje, en 1969, con pescadores de la Flota Cubana? ¿Cómo lo marcó esa aventura?

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Silvio Rodríguez: Haydee Santamaría no tuvo que ver con mi viaje en barco. Tuve la suerte de conocerla a los pocos meses de terminar mi servicio militar, cuando me estaba estrenando como trovador. A ella debo la comprensión de la Revolución que todavía me acompaña y, aún más, la de los grandes acontecimientos.

Ella me hizo ver que la Historia, con mayúsculas, la escribían personas. Y que todo el mundo, por humilde que fuera, tenía la oportunidad de asaltar un Moncada en su vida.

En septiembre de 1969 ya yo integraba la plantilla del ICAIC, pero el Grupo de Experimentación Sonora no había empezado a funcionar. Mientras me encontraba en ese compás de espera, Alberto Rodríguez Arufe, secretario de Cultura de la UJC, me dijo que se había aprobado mi petición de incorporarme a un barco de pescadores y que podía irme de viaje cuando quisiera.

Unos días después, Armando Quesada, a nombre de la UJC nacional, me acompañó a la Flota Cubana de Pesca para presentarme ante sus dirigentes. Aunque parezca insólito, no participé en la reunión, porque me dejaron afuera.

A la media hora se abrió la puerta y Quesada y un dirigente de la Flota, ambos sonrientes, me dieron sus manos y me anunciaron que mi barco era el motopesquero Playa Girón y que iba para Groenlandia, a pescar bacalaos.

No sé de qué habrán hablado en la reunión, pero por algo no me quisieron allí. Lo mío era subirme a mi barco, cantarle a los pescadores que se pasaban hasta un año sin tocar tierra, sacrificándose para buscar divisas, y ver algo de mundo. Mucho mejor si navegaba por las gélidas aguas del norte, donde podría convivir con ballenas y morsas, como Jack London.

Luego de varias salidas en falso, el Playa Girón se despegó del muelle la tarde del 20 de septiembre de 1969. Yo estaba loco por verlo salir por la boca del Morro, sin embargo, sólo nos fondeamos en medio de la bahía.

A la mañana siguiente nos enteramos de que nuestro derrotero había cambiado y que ahora haríamos tres campañas de pesca entre Cabo Verde y Senegal. Fue una frustración que los misterios del continente negro diluyeron. Ya no sería Jack London, pero sí (Ernest) Hemingway, o (Joseph) Conrad, sobre todo si por algún albur sorteábamos el Kaap die Goeie Hoop (Cabo de Buena Esperanza en afrikáans) y nos adentrábamos en el Índico.

Cuatro meses después, en Las Palmas, viendo bajar a la tripulación del barco en que estaba, me enteraría de que al único que no le hicieron pasaporte fue a mí. Sin embargo Gregorio Ortega, el mayordomo del Océano Pacífico, me infiltró en tierra sin documentos, al menos por un rato. Fue la primera vez que planté un pie en un lugar que no era Cuba.

El Playa Girón tenía dos capitanes, dos maestros de pesca, dos jefes de máquinas. Para cada cosa había un ruso y un cubano. Al capitán ruso nunca lo vi. Ni siquiera coincidí con él en el puente o en el cuarto de derrota, adonde yo subía para aprender a bajar estrellas. Había que llevárselo todo al camarote: la densidad de los cardúmenes, el estado del tiempo, las comunicaciones. Dicen que ni comía con los oficiales.

Durante mucho tiempo viví convencido de que era la encarnación del capitán Ahab (Moby Dick, de Herman Melville). Me lo imaginaba deprimido, al saber que ya no íbamos al norte, a la zona ballenera. Pero más me convencí cuando empezó la mala suerte.

Los primeros días, los chinchorros subían llenos de zapatos, latas mohosas y cangrejos. Después el mar se fue poniendo malo poco a poco y una noche se desató una gran tormenta. En medio del pandemonio, toda la nave oyó cantar al capitán. Era una voz de bajo profundo, como un órgano siberiano de la iglesia ortodoxa. Ya no tuve dudas de que Ahab estaba ajustando cuentas con su destino y, de paso, jodiéndonos el nuestro.

En el camarote de proa, al lado del mío, vivía un santero que no pudo más y empezó a invocar al panteón yoruba. Por un lado se oía el bajo ruso y por otro la melodiosa voz del orisha. Eran dos fuerzas titánicas en pugna, luchando por el dominio la nave.

De pronto el mar brilló verdoso, iluminando el camarote. No me atreví a asomarme a ver qué era; preferí pensar en noctilucas. La voz del ruso se fue debilitando y el Playa continuó con el vaivén sincopado de Yemayá.

Increíblemente, por la mañana el Atlántico estaba como un plato y subimos un chinchorro de 60 toneladas. Los tres operarios de la maniobra se llamaban Juan. Desde entonces nuestra suerte cambió y pronto terminamos la primera campaña. Jamás volvimos a saber de la ortodoxia rusa y al fin Alexis, que así se llamaba el capitán cubano, tomó el mando de la nave.

Algo importante de aquel viaje lo vi en aguas namibias, cerca de la bahía de Walvis. Teníamos pegada una barcaza que iba a llevar a tierra a un infartado. De nuestra cubierta arrojaron un cabo que un marinero negro no atinó a coger.

Por ese error casual, recibió un manotazo de reprimenda. Se lo dio el único blanco que iba a bordo de la chalupa, impecablemente vestido de su mismo color lechoso. Ver con mis ojos una humillación de ese calibre, me sacudió. Los vikingos cubanos se alzaron y no hubo manera de que aquel oficial subiera a bordo.

Otra enseñanza del mar fue que a veces no se puede avanzar hacia donde se desea, sino hacia donde mandan las leyes de la física. Cuando la marejada es demasiado fuerte, un barco no puede mostrar bandas (los costados) durante mucho tiempo.

Cierta vez recibimos un SOS, un llamado que las leyes internacionales no permiten ignorar, mucho menos la condición humana. Si hubiéramos tenido buen tiempo, habríamos tardado unas tres horas en llegar a las coordenadas donde había sido emitida la señal de auxilio.

Pero estábamos en medio de una galerna y llegamos al día siguiente, cuando ya el barco había desaparecido. Afortunadamente otros, mejor posicionados, también habían acudido y rescataron la tripulación.

El 28 de enero de 1970, había pocos vehículos circulando por Cuba. Por entonces podían pasar varios minutos antes de ver pasar un carro. Los que entramos por la garganta de la bahía aquella noche, a bordo del buque madre Océano Pacífico, no vimos automóviles, no vimos luces, no vimos gente. Pero sabíamos que aquella penumbra palpitante estaba viva y esperándonos.

VIETNAM

Noel: Usted escribió desde 1968 temas sobre la lucha infatigable del heroico pueblo vietnamita (…tres mil pájaros negros, dejaron de volar, tres mil descansen, nunca en paz…) hasta en 1974 (…madre en tu día, tus muchachos barren minas en Haiphong…). ¿Qué representó para usted la lucha del pueblo vietnamita?

Silvio Rodríguez: Vietnam fue una guerra, pero también un paisaje de la humanidad. Por eso llegó a convertirse en símbolo. Lo que se veía era una acumulación monstruosa de ingenio tecnológico, descargada contra la dignidad humana. Con Vietnam aprendimos la relatividad de lo frágil. Hubo fotos que resumieron todo, como aquella del invasor inmenso, sometido por la pequeña combatiente.

Vietnam fue un chorro de verdad, una definición. Recuerdo que uno de los primeros programas de TV, “Mientras Tanto”, lo dedicamos a su gente. Yo había invitado a Pablo Milanés, que tenía una canción sobre Vietnam que me gustaba mucho, aquella que decía “yo vi la sangre de un niño brotar”.

Lo anuncié la semana anterior y, cuando llegó el día, el ICRT no nos dejó. Por eso dije en cámara que nuestro invitado no había ido por razones ajenas a nuestra voluntad. Por aquellos tiempos también escribí y canté un par de canciones en una obra de teatro universitario, llamada “Vietnam por ejemplo”, escrita por Víctor Casaus. Nicola estaba componiendo “Por la vida”, Martín Rojas “Cuento para un niño”, y yo “Bajo el arco del sol” y “El rey de las flores”.

Los poetas hacían poemas al pueblo vietnamita. La danza imitaba el dolor de Indochina. El cine… Santiago Álvarez fue el gran cantor de Vietnam, si es que hubo uno entre cubanos. Y aquellas, sus obras de defensa, resultaron ser obras maestras.

Vietnam fue el espíritu de una época, parte esencial de la identidad de los que vivimos los años 60. Luego el Che recomendó a la Tricontinental: “Crear dos, tres, muchos Vietnam…”. Y espíritus mayores, como Leo Brouwer y Luigi Nono, hicieron arte de sus palabras.

ANGOLA

Noel: Angola, 1976: primera misión internacionalista de muchos meses. Profunda amistad con Arides Estévez (Comandante de la Contra Inteligencia Militar) quien cayó en combate (…si caigo en el camino, hagan cantar mi fusil, porque él no debe morir…).

Hubo otros jefes cubanos que allí mismo en ese escenario, le exigían sólo se dedicara a tocar la guitarra y usted se molestó, y lo incumplió. Háblenos de Arides, ¿cómo surgió esa amistad y qué le dijo a sus hijos, años después en Cuba, cuando el general de división de la CIM, Félix Baranda Columbié, le facilitó un encuentro con ellos y usted se negó tozudamente a llevar la guitarra?

Silvio Rodríguez: Conocí a Arides Estévez en el pueblito costero de Landana, en Cabinda, en 1976. Cabinda era una provincia donde había muchas emboscadas. Nadie sabía qué arma iba a tener que usar en cualquier momento.

Por eso coincidimos en una práctica combativa múltiple que se hizo un 8 de marzo, en la que se tiraba con pistolas, fusiles, RPG-7, granadas ofensivas y defensivas, y por último había que conducir un enorme camión soviético, Gaz-66, de muy especial manejo por la ubicación de la palanca de cambios y los puntos de las velocidades.

Arides era muy hábil disparando con la Makarov de 20 tiros, el arma corta que siempre llevaba. Él se ofreció a instruirme en su uso, diciéndome que dominarla no era tan difícil como parecía.

Yo había intentado tirar con esa pistola, pero en ráfaga no pude hacer ni un solo blanco. Sin embargo, él los abatía con una destreza asombrosa. Al ver mi frustración me prometió ayuda, para darme ánimos.

No tuve tiempo de continuar con sus lecciones, porque estuvimos allí sólo una semana y luego seguimos rumbo a otras unidades. Aproximadamente un mes después, cuando ya estábamos en otra provincia, el afable y joven Arides Estévez cayó en una mina y murió junto a otros compañeros.

Años más tarde, tuve la oportunidad de conocer a sus hijos y de hablarles de aquel breve encuentro que tuve con su padre, a quien sobre todo recuerdo como una excelente persona.

NICARAGUA

Noel: Segunda misión internacionalista: Nicaragua 1980. Usted llegó con una canción casi improvisada que es todo un himno de la solidaridad armada de Cuba, incluso antes del triunfo del FSLN, cuestión de la que aún en nuestros días muy poco se habla (…te lo dice un hermano que ha sangrado contigo, te lo dice un cubano…).

Y lo primero que interesa, sin quitarse el polvo del camino, es que le enseñen a disparar con la lupara (escopeta recortada de alto poder de fuego) mientras que otros que le acompañan no muestran ese mismo interés y sólo indagan por los pormenores del lugar escogido para la cantata. ¿Fue en Managua también donde comenzó sus vínculos con los guerrilleros de El Salvador, como el poeta Roque Dalton?

Silvio Rodríguez: A Roque Dalton lo conocí en 1968, en La Habana, mucho antes de que se hiciera guerrillero y fuera asesinado en El Salvador. Él hizo de presentador en varios programas de los que hacíamos por entonces en Casa de las Américas y llegamos a tener una amistad bastante estrecha.

Los vínculos que tuve más tarde con los guerrilleros salvadoreños fueron a través de Aída, la viuda de Roque. En su casa conocí a la comandante Ana María, muerta tiempo después en inexplicable pugna fratricida.

Roque Dalton fue mi amigo. Quienes mataron a Roque están perfectamente identificados. La familia de Roque inició un movimiento para exigir a sus asesinos que explicaran las circunstancias de su muerte.

La familia no quería venganza, sólo una explicación y saber dónde estaban sus restos, para rendirles el homenaje que nunca le habían podido hacer. En apoyo a esa demanda escribí las modestas pero sentidas líneas.

Vicente Feliú y yo fuimos a la frontera con Honduras cuando la “guerra sucia” contra Nicaragua, a principios de los años 80. Tuvimos que insistir un poco porque no querían llevarnos, pero lo logramos. Estuvimos sólo dos o tres días, pero fue en territorios en disputa.

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Un pueblo que pasamos fue tomado a las dos horas por “la contra” y para volver tuvimos que esperar hasta que fue recuperado. Allí conocimos a un cura español, de la zona de La Mancha, que cuando estuvo el Papa en Nicaragua se había aparecido con un cartel que decía: “Con religión y Batallón haremos la Revolución”.

Nos enseñó la frente, donde tenía la marca del culatazo que le dieron. Aquel sacerdote, muy joven por cierto, tenía su fusil y combatía cada vez que “la contra” intentaba tomar el pueblo. Espero que haya sobrevivido.

En Nicaragua conocí a muchos combatientes internacionalistas de Latinoamérica, sobre todo chilenos y cubanos. Con algunos de ellos después mantuve amistad, aunque nos viéramos de tarde en tarde.

Allí conocí al entonces teniente coronel Noel, que llevaba dos luparas en el maletero. Una era semiautomática, de metal, y pesaba mucho. La otra tenía la mazorca de madera, más liviana. Creyendo que podría dominarla, agarré la más pesada y efectué un disparo contra un árbol. La patada de retroceso me sentó en el suelo. Siempre bromeamos con aquello.

(Continúa)

arb/ndm

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