Alicia Alonso: Alas en los pies y revolución en el alma
Alicia Alonso: Alas en los pies y revolución en el alma
Alicia Alonso: Alas en los pies y revolución en el alma
Por Andrea Ximena Holgado* (Para Prensa Latina)Buenos Aires, 18 oct.- Llueve en Buenos Aires, diluvia más bien. Enciendo el teléfono y entra la primera noticia. Se fue Alicia.
Me crié en la Patagonia Argentina, donde el viento baila y te lleva, quizás por eso quería ser bailarina, los pies en la tierra nunca fue lo mío y tampoco cuando fui creciendo.
Corrían los 70, vertiginosos en nuestro país, y si bien el centralismo de Buenos Aires a veces era algo lejano, una buena política cultural hizo que se armara una escuela municipal de danzas donde yo vivía y cada semana venían desde Buenos Aires las profesoras del Teatro General San Martín.
Hacíamos clásico y 'moderno', algo que sonaba raro. Esa fue la primera vez que oí hablar de Alicia, de Cuba y de cosas que nos contaba la profesora y que no entendía mucho porque eran años de infancia e inocencia y yo solo quería ser bailarina...
Pero la historia irrumpe inexorable y en la vida de los niños no suele tener mucha explicación. Vino la Dictadura genocida de 1976, no hubo más fantasía, y a la escuela llegó una oscura profesora con la intervención militar que nos tomó examen de admisión a todas y redujo la escuela hasta finalmente cerrarla.
Yo quedé afuera porque era una niña demasiado alta, según se le dijo a mi mamá. Solo con el tiempo comprendería cómo me marcó; muchos años odié ser alta, en la escuela me achicaba en la fila para que no me mandaran al fondo, sentía vergüenza de mi estatura.
Pero mi familia estaba más preocupada por saber de familiares y amigos que desaparecían o caían presos y los sueños de la niñez quedaron también secuestrados.
Los años discurrieron y ya en la adolescencia, sobre el fin de la dictadura, las zapatillas de danzas fueron solo un dolor que me quedó y la militancia ocupó esa pasión e inocencia también.
Alguna vez tuve la fantasía de volver, pero sabía que ya era tarde. Fui a la universidad, hice mi carrera académica y la militancia y compromiso fueron el lugar de la pasión.
Hace dos años cumplí mi sueño de conocer Cuba invitada a un Congreso. El viento patagónico de mi infancia me llevó hacia un edificio donde se leía Teatro de La Habana 'Alicia Alonso', sede del Ballet Nacional de Cuba.
El tiempo fue y vino. Recorrí por afuera, di unas vueltas y sobre una de las veredas me quedé sentada escuchando una clase de ballet.
No sé cuánto tiempo pasó. Una colega que viajó conmigo no entendía muy bien mientras le contaba esta historia,
Cuba era la revolución en el sentido más complejo, porque era en mi historia de vida mi propia revolución. Por la noche pude ver en la TV un especial sobre Alicia Alonso y sentí que la vida me daba un regalo, una revancha en retrospectiva.
Cuando a veces en charlas informales me preguntan qué es lo que más me gusta hacer, siempre digo bailar... bailo siempre, en casa cuando estoy sola. Veo bailar y se me acelera el corazón.
Mientras escribo estas líneas, finalmente irrumpió el sol. El sol que parece empieza a salir para quedarse en mi país, castigado, dolido, con sus tragedias. Pero en el que siempre sale el sol.
Pienso en Alicia y busco videos en youtube. Sonrío, y le agradezco haber marcado mi infancia: no pude ser bailarina... esas alas en los pies y el viento de la Patagonia me llevaron por otros caminos y hoy, más de 40 años después, con un poco de nostalgia, siento que esos caminos se volvieron a juntar.
mv/rmh
*La autora es periodista, académica y profesora en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
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Alicia Alonso: Alas en los pies y revolución en el alma
Por Andrea Ximena Holgado* (Para Prensa Latina)
Buenos Aires, 18 oct.- Llueve en Buenos Aires, diluvia más bien. Enciendo el teléfono y entra la primera noticia. Se fue Alicia.
Primero la sorpresa... luego... inevitablemente los recuerdos. Si la historia de mi país hubiera tomado un rumbo sin tragedia quizás hoy no sería académica, sino bailarina.
Me crié en la Patagonia Argentina, donde el viento baila y te lleva, quizás por eso quería ser bailarina, los pies en la tierra nunca fue lo mío y tampoco cuando fui creciendo.
Corrían los 70, vertiginosos en nuestro país, y si bien el centralismo de Buenos Aires a veces era algo lejano, una buena política cultural hizo que se armara una escuela municipal de danzas donde yo vivía y cada semana venían desde Buenos Aires las profesoras del Teatro General San Martín.
Hacíamos clásico y 'moderno', algo que sonaba raro. Esa fue la primera vez que oí hablar de Alicia, de Cuba y de cosas que nos contaba la profesora y que no entendía mucho porque eran años de infancia e inocencia y yo solo quería ser bailarina...
Pero la historia irrumpe inexorable y en la vida de los niños no suele tener mucha explicación. Vino la Dictadura genocida de 1976, no hubo más fantasía, y a la escuela llegó una oscura profesora con la intervención militar que nos tomó examen de admisión a todas y redujo la escuela hasta finalmente cerrarla.
Yo quedé afuera porque era una niña demasiado alta, según se le dijo a mi mamá. Solo con el tiempo comprendería cómo me marcó; muchos años odié ser alta, en la escuela me achicaba en la fila para que no me mandaran al fondo, sentía vergüenza de mi estatura.
Pero mi familia estaba más preocupada por saber de familiares y amigos que desaparecían o caían presos y los sueños de la niñez quedaron también secuestrados.
Los años discurrieron y ya en la adolescencia, sobre el fin de la dictadura, las zapatillas de danzas fueron solo un dolor que me quedó y la militancia ocupó esa pasión e inocencia también.
Alguna vez tuve la fantasía de volver, pero sabía que ya era tarde. Fui a la universidad, hice mi carrera académica y la militancia y compromiso fueron el lugar de la pasión.
Hace dos años cumplí mi sueño de conocer Cuba invitada a un Congreso. El viento patagónico de mi infancia me llevó hacia un edificio donde se leía Teatro de La Habana 'Alicia Alonso', sede del Ballet Nacional de Cuba.
El tiempo fue y vino. Recorrí por afuera, di unas vueltas y sobre una de las veredas me quedé sentada escuchando una clase de ballet.
No sé cuánto tiempo pasó. Una colega que viajó conmigo no entendía muy bien mientras le contaba esta historia,
Cuba era la revolución en el sentido más complejo, porque era en mi historia de vida mi propia revolución. Por la noche pude ver en la TV un especial sobre Alicia Alonso y sentí que la vida me daba un regalo, una revancha en retrospectiva.
Cuando a veces en charlas informales me preguntan qué es lo que más me gusta hacer, siempre digo bailar... bailo siempre, en casa cuando estoy sola. Veo bailar y se me acelera el corazón.
Mientras escribo estas líneas, finalmente irrumpió el sol. El sol que parece empieza a salir para quedarse en mi país, castigado, dolido, con sus tragedias. Pero en el que siempre sale el sol.
Pienso en Alicia y busco videos en youtube. Sonrío, y le agradezco haber marcado mi infancia: no pude ser bailarina... esas alas en los pies y el viento de la Patagonia me llevaron por otros caminos y hoy, más de 40 años después, con un poco de nostalgia, siento que esos caminos se volvieron a juntar.
mv/rmh
*La autora es periodista, académica y profesora en la Universidad Nacional de La Plata (UNLP).
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