La festividad, declarada en 2009 patrimonio cultural inmaterial nacional, se desarrolla cada año del 1 al 6 de enero y atrae a miles de visitantes nacionales y extranjeros.
Durante estos días, las llamadas partidas o comparsas recorren un circuito de aproximadamente dos kilómetros por el centro de la ciudad de Píllaro, en la provincia de Tungurahua.
Su origen se asocia a una fusión de creencias andinas y rituales católicos coloniales, y simboliza tanto la lucha entre el bien y el mal como antiguas expresiones de rebeldía indígena frente a las imposiciones coloniales.
Aunque los diablos son la figura central, la celebración integra otros personajes tradicionales, como las guarichas (hombres disfrazados de mujeres), los capariches o barrenderos, payasos y músicos, todos bailan los ritmos interpretados por bandas populares.
Según historiadores locales, la Diablada tiene más de 150 años de historia.
Algunas versiones la vinculan a antiguas sublevaciones indígenas contra los abusos de los hacendados, mientras otras la relacionan con rivalidades entre barrios tradicionales de Píllaro.
Este año, las autoridades locales estiman que la Diablada, fiesta marcada por profundas raíces indígenas y mestizas, reciba entre 15 mil y 18 mil visitantes diarios.
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