La compañía estima que el suministro se restaurará completamente en la tarde del 8 de enero, mientras la investigación, asumida por la Fiscalía General federal, apunta a un ataque intencionado.
El acto fue contra el estilo de vida imperial, declaró en un comunicado el grupo anarquista Vulkan, que reivindicó la acción del 3 de enero y amenazó con nuevos sabotajes para «desconectar a los poderosos».
Medios locales ven en este acto una demostración de la vulnerabilidad crítica de las infraestructuras europeas y una radicalización de los movimientos contestatarios ante la crisis social.
Analistas políticos subrayan que el incidente refleja tensiones internas crecientes y un clima de inestabilidad.
Por su parte, las autoridades berlinesas decretaron el estado de emergencia mientras avanzan las pesquisas sobre este ataque, que inicialmente dejó sin luz a 50 mil hogares y dos mil empresas.
La prolongada crisis evidencia, según observadores, los desafíos de seguridad y cohesión social que enfrenta Alemania en un contexto regional complejo.
Este sabotaje destapa la disputa ideológica y operativa en el corazón de Europa, con grupos radicalizados escalando sus métodos de protesta contra el sistema.
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