La arena saudí fue testigo de un desenlace que rozó lo sobrenatural. Cuando todo parecía inclinarse hacia el estadounidense Ricky Brabec, líder virtual y dueño del control, un error de navegación en los kilómetros finales quebró la lógica y abrió paso a la leyenda. Allí, donde el polvo confunde y el pulso traiciona, Benavides eligió la línea correcta.
El argentino, segundo en la decimotercera y última etapa disputada alrededor de Yanbu, no necesitó ganar el parcial para tocar la gloria. Le bastó sostener la concentración, domar la ansiedad y confiar en que el Dakar, juez implacable, aún guardaba una última trampa. El reloj, implacable y poético, hizo el resto.
A los 30 años, y tras nueve ediciones de perseverancia, el hombre de KTM encontró su recompensa mayor. Superó por dos segundos al estadounidense Ricky Brabec, bicampeón del rally, en una definición que quedará grabada como una de las más electrizantes desde que esta prueba nació en 1979. Nunca antes la victoria había sido tan fina, tan cruel, tan humana.
La emoción desbordó al salteño en la meta. Rugió su moto, levantó los brazos y abrazó a su equipo como quien vuelve de una guerra larga. La suya fue una victoria de resistencia y fe, heredera también del linaje familiar: su hermano Kevin ya había conquistado el Dakar, pero Luciano lo hizo en el filo mismo del abismo.
Mientras la arena volvía a cubrir las huellas, el Dakar coronó a un nuevo rey. No fue el más rápido en el último día, pero sí el más lúcido cuando el desierto decidió que la gloria se mediría en segundos. Dos. Los suficientes para hacer historia.
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