No nació con ventajas ni atajos. Su infancia transcurrió entre montañas ásperas de Canarias, en un hogar numeroso donde sobrevivir era una tarea colectiva y soñar parecía un acto de rebeldía, contó en diálogo online con Prensa Latina.
Mientras otros niños aprendían a escribir su nombre, él aprendía a trabajar la tierra, cuidar vacas y cabras y cargar peso: piedras, hierbas, sacos de papas… y silencios. A los 18 años era analfabeto, pero ya conocía el cansancio temprano, la frustración y el hambre que no siempre es de pan.

El deporte apareció como refugio y como reto. A los 16 años cruzó por primera vez la puerta de un gimnasio de judo en su Telde natal sin imaginar que aquel tatami sería su primer cuaderno de aprendizaje. Allí cayó muchas veces, y en cada caída entendió algo esencial: levantarse no es automático, es una decisión. Esa idea, simple y brutal, comenzó a modelar su carácter.
No fue un camino limpio ni recto. Hubo derrotas, dolores físicos, dudas íntimas, noches donde el futuro parecía una palabra ajena. Pero el entrenamiento le ofreció algo que la vida le había negado: reglas claras. Esfuerzo, disciplina, respeto. Valores que no distinguen origen social ni nivel de estudios. En el deporte, Fernando descubrió que nadie pregunta de dónde vienes cuando estás dispuesto a darlo todo.
El verdadero punto de quiebre llegó durante el Servicio Militar. Allí, lejos de la épica y cerca de la crudeza cotidiana, Fernando aprendió a leer y escribir, con la humildad del que empieza tarde pero con una necesidad feroz de comprender el mundo.
Cada letra fue una victoria íntima, cada palabra, una revancha silenciosa contra la ignorancia que lo había acompañado durante años. En los cuarteles no solo se formó un soldado: nació un hombre consciente de su propio potencial.
Aquel aprendizaje elemental fue decisivo. Con las primeras letras llegaron los primeros libros, y con ellos una nueva manera de pensarse. Poco después se graduó como técnico, fundó su primera empresa sin abandonar el entrenamiento y comenzó a demostrar que la constancia también puede ser una forma de inteligencia. El deporte seguía siendo su brújula: entrenar, estudiar, caer, levantarse.
A los 29 años recibió el premio al empresario más joven de España, pero lejos de acomodarse, siguió entrenando, viajando y aprendiendo. Recorrió Europa, Asia, África y Estados Unidos, compitió en decenas de disciplinas deportivas y artes marciales, acumuló múltiples títulos y forjó una filosofía de vida donde el cuerpo y la mente avanzan juntos.

Sin embargo, su victoria más profunda no está en vitrinas ni diplomas. Está en la coherencia, en haber convertido el deporte en una forma de educar el alma. Para Fernando González Cruz, entrenar es un acto ético: respetar al rival, escuchar al entrenador, dominar el ego, aceptar el dolor sin dramatismo. “El talento sin humildad se pierde”, repite como un principio aprendido a golpes.
Hoy, lejos de encerrarse en el éxito, camina hacia los demás. Ofrece conferencias gratuitas a jóvenes, a deportistas frustrados, a personas que la vida empujó contra la lona y no saben cómo levantarse. Habla sin impostura de fracaso, de pobreza, de miedo. No promete fórmulas mágicas, solo trabajo, e insiste en que el deporte salva porque enseña a perder sin rendirse y a ganar sin aplastar.
Su mensaje encuentra eco especial en Cuba, donde el deporte es identidad, orgullo y resistencia. En cada muchacho que entrena con carencias, en cada atleta que duda de sí mismo, la historia de Fernando dialoga como un espejo posible: no todos llegarán a campeones, pero todos pueden ser dignos de su esfuerzo.
El último homenaje que recibió este mes de enero cerró el círculo de su vida. Volvió a una academia militar: el Paseo de Chil de Las Palmas de Gran Canaria, donde fue recibido en su despacho oficial por el General Jefe del Mando Aéreo de Canarias, Francisco Javier Vidal Fernández, acompañado por el Coronel Julio Arcas Bermudez y el Teniente Coronel Ayudante Juan Carlos González Fernández.
No llegó ahora como aquel joven en la Base Aérea de Gando que no sabía leer ni escribir, sino como un hombre forjado por la disciplina, el conocimiento y el sacrificio. Allí, frente a uniformes que un día fueron los suyos, recibió el reconocimiento de una institución que había sido cuna y yunque. No hubo ostentación, pero sí memoria, no fue un acto protocolar, fue una devolución simbólica de lo aprendido.
Fernando González Cruz regresó al lugar donde aprendió sobre la disciplina que no se quiebra, el espíritu de lucha, la camaradería y la lealtad, para demostrar que se puede cambiar el destino. Su enseñanza en el deporte y la vida es clara para los cubanos: las carencias no nos rompen, nos entrenan. Y quien aprende a resistir, termina escribiendo —con letras firmes— su propia victoria.
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