No fue solo una victoria: fue una declaración de época. Alcaraz, número uno del ranking mundial, jugó con la audacia de quien no teme a los fantasmas de la historia y con la madurez de quien ya entiende el peso de la corona derrotó a su rival con parciales de 2-6, 6-2, 6-3 y 7-5 para rendir el Rod Laver Arena a sus pies.
Djokovic, cuarta raqueta del orbe en la actualidad, leyenda viva y 10 veces campeón en Melbourne, resistió como sabe hacerlo: con temple, memoria y una capacidad casi mística para prolongar la batalla.
Pero el cuarto parcial fue un manifiesto generacional. Alcaraz volvió a imponer el ritmo, quebró en el momento justo y cerró el partido con autoridad para escribir, en una sola línea, el futuro inmediato del tenis.
A sus 22 años, el español completó así la colección de los cuatro grandes torneos y se convirtió en el campeón más joven en lograrlo, confirmando que su nombre ya no pertenece a la promesa, sino a la historia.
Melbourne, testigo de tantas gestas, presenció hoy algo más que una final: el instante exacto en que el pasado dejó de gobernar solo, y el heredero se sentó definitivamente en el trono.
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