El marcador fue solo una línea en la pizarra, pero el significado pesó como un estandarte: cinco victorias sin derrotas, clasificación asegurada a semifinales y un invicto que ya no es casualidad, sino manifiesto.
“Ha sido un juego bien complicado para ambos equipos”, reconoció Rivera ante Prensa Latina, todavía con la voz cargada de adrenalina.
“Cositas que se dieron ahí, pero que se tienen que mejorar… porque en un campeonato, una final, no pueden suceder», agregó.
Las Águilas estuvieron a punto de perder el control del vuelo, como si el viento del noveno inning amenazara con arrancarles las alas, pero el debutante supo sostener la nave.
“Quizás si no nos ponemos las pilas se nos hubiera ido el juego de las manos”, admitió, antes de sellar su credo: “pero gracias a Dios que nos mantuvo ahí, tuvimos la oportunidad… y la agarramos”.
Rivera no habla desde la ingenuidad. Campeón de la Serie Mundial de 1996 con los Yankees de Nueva York, sobreviviente de mil batallas en Grandes Ligas, hoy dirige con otra armadura: la de la responsabilidad colectiva.
“Antes, cuando jugaba, me preocupaba por mí… ahora tengo que estar pendiente a 27 peloteros y cosas más”, confesó. “Es un poquito más de responsabilidad, pero lo acepto, es parte de esto”.
El punto fuerte del equipo, según su propio diagnóstico, ha sido la cohesión como principio táctico y moral.
“El pitcheo se ha comportado excelentemente bien, los bateadores también. Ha sido un equipo compacto, aprovechando las oportunidades”, resumió, al subrayar el papel del cuerpo técnico en las decisiones tomadas en momentos difíciles.
Panamá, que llegó al torneo sin el cartel de favorito, se ha convertido en el equipo a destronar y aunque ya está clasificado, Rivera descarta cualquier relajación en el último partido de la clasificatoria.
“Tenemos el mismo entusiasmo, la misma adrenalina. Si se nos da ganar el juego de mañana, ¿por qué no ganarlo?”, dijo. “Venimos con la misma actitud de todos los días», afirmó.
No es solo una racha: es una declaración de identidad. Rubén Rivera, que antes corría bases bajo las luces del Yankee Stadium, hoy fabrica ideas, corrige errores y sostiene un grupo que juega como si creyera en algo más grande que la tabla de posiciones.
“Es mi primera vez como mánager en una selección, representando mi país”, reflexionó. “Es intenso, muchas cosas, muchos pensamientos… pero es lo que quería, por eso acepté”, comenta.
Y así, en Caracas, bajo el cielo monumental, Panamá gana, resiste y avanza, guiada por un director debutante que aprendió primero a sobrevivir en el diamante y ahora enseña a volar sin miedo al vacío.
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