El noveno inning cayó como una bola de fuego sobre la grama caraqueña. Dos outs, un compañero en circulación y el silencio expectante de varias gargantas contenidas. Entonces Lino, con la calma de los veteranos, dejó pasar el primer envío, leyó el segundo y al tercero le puso todo el peso de su historia: la pelota voló lejos y con ella, el destino del partido.
El batazo más que un jonrón, fue una sentencia. La esférica cayó detrás de las bardas del jardín izquierdo como una luna roja, y el receptor venezolano recorrió las bases con el gesto sobrio de quien sabe que los momentos grandes no se gritan, se asumen. Los Caimanes se alborotaron en la banca; Panamá, que había dominado la fase clasificatoria, quedó inmóvil, derrotado por un solo swing.
Lino terminó la jornada de 4-2, con tres carreras impulsadas, firmando una actuación perfecta para una tarde perfecta. Horas antes había sido elegido receptor del Equipo Todos Estrellas del torneo, como si el béisbol hubiese decidido adelantar el prólogo de su propia consagración.
No es casualidad. Gabriel Lino carga más de una década de béisbol profesional en la espalda. Firmado en 2010 por los Orioles de Baltimore con apenas 17 años, transitó luego por las organizaciones de los Phillies de Filadelfia y los Cardenales de San Luis, dejando huellas en sucursales de todos los niveles, aprendiendo el oficio en la trinchera más ingrata del diamante.
Su nombre ha sido una constante en la LVBP: Cardenales de Lara, Tigres de Aragua, Caribes de Anzoátegui y Leones del Caracas han sido estaciones de una carrera marcada por la resistencia y la paciencia, virtudes invisibles que solo aparecen cuando la presión aprieta.
En esta Serie de las Américas, Lino ha sido el corazón ofensivo de los Caimanes. Lideró la fase clasificatoria en jonrones con tres y volvió a demostrar que su poder no es estadística, sino instinto: sabe cuándo atacar, cuándo esperar, cuándo convertir un turno en memoria colectiva.
La tarde caraqueña lo confirmó. Mientras el público abandonaba lentamente el Monumental y la ciudad seguía respirando béisbol, Gabriel Lino se quedó unos segundos más en el terreno, mirando al cielo. No buscaba aplausos: escuchaba, quizás, el eco de su propio batazo, ese que ya pertenece a la mitología breve pero intensa de los héroes de una semifinal.
mem/blc













