Por Boris Luis Cabrera, enviado especial
Cuando se apagaron las luces y el polvo volvió a posarse sobre las gradas, el certamen dejó algo más que resultados: dejó una huella. No hubo selección que regresara igual, porque aquí el béisbol dejó de ser solo competencia y se convirtió en lenguaje compartido, en patria simbólica, en una manera de encontrarse sin traducciones.
El último out fue el cierre de un rito. Magallanes ganó un título y también el derecho a ser metáfora: la del equipo que resiste, la del país que insiste, la del continente que se reconoce a sí mismo en la obstinación de seguir jugando.
En medio de los fuegos artificiales y las banderas agitadas como velas triunfales, resonaron las palabras de Renny Bernal, director general del Comité Organizador: “Ganó el béisbol, ganó América”. Y no era una frase hecha.
Durante varios días, Caracas y La Guaira funcionaron como capital simbólica del continente: siete países, un mismo idioma emocional, una pelota blanca girando como sol doméstico sobre un mar de acentos.
Venezuela, Colombia, Cuba, Panamá, Nicaragua, Curazao y Argentina no vinieron únicamente a competir: vinieron a mirarse en el espejo continental, a confrontar estilos, escuelas y tradiciones bajo un mismo pulso emocional.
En el Estadio Monumental Simón Bolívar y en La Guaira, el fanático no asistió como simple espectador, sino como parte activa del ritual: celebró al propio y aplaudió al ajeno, porque reconoció en cada uniforme un fragmento de sí mismo.
La Serie de las Américas se consolidó así como algo más que una alternativa: es una afirmación. Un circuito con identidad, con público y con talento suficiente para sostener una narrativa autónoma del béisbol latinoamericano. Un laboratorio donde se entrenaron músculos, pero también miradas; donde se pulieron mecánicas y se ampliaron horizontes.
Caracas, sede impecable, fue escenario y personaje. Supo acoger, interpretar y amplificar la energía del continente. Por eso el anuncio final no sonó a despedida, sino a promesa: Venezuela volverá a ser sede el próximo año.
Y cuando el telón cayó, quedó claro que la verdadera victoria no estaba en el marcador, sino en haber demostrado que el béisbol de las Américas tiene voz, memoria y futuro. Que existe un diamante común donde caben todas las banderas, y que hay torneos que se juegan… y otros, como este, que se quedan para siempre en la memoria colectiva del continente.
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