Por Boris Luis Cabrera, enviado especial
No se trató solo de un acto protocolar, sino de una escena con resonancia histórica. En el Salón Simón Bolívar del Palacio de Miraflores, Rodríguez recibió a los jugadores como quien recibe a un ejército que regresa de la guerra con la bandera intacta.
No llegaron con cascos ni escudos, sino con bates aún calientes, con el sudor de una hazaña imposible: remontar ante los Caimanes de Barranquilla y ganar una final que ya pertenece a la mitología del béisbol americano. La remontada del siglo, la llamó la mandataria, y no como metáfora, sino como definición política del alma venezolana.
“Ustedes demostraron que no hay dificultad que no podamos remontar”, dijo Rodríguez, y en su voz no hablaba solo una presidenta, sino una narradora consciente de estar bautizando un símbolo. En la primera fila, jóvenes de academias de béisbol menor miraban a los campeones como quien observa el futuro posible, tangible, sudando frente a ellos.
El presidente de la Liga Venezolana de Béisbol Profesional, Giuseppe Palmisano, lo resumió sin rodeos: sin respaldo institucional, la Serie de las Américas no habría sido posible. Más de cien mil personas en los estadios, millones siguiendo cada lanzamiento, y una certeza: Venezuela volvió a ser epicentro del diamante continental.
Renato Núñez, autor del batazo decisivo, habló como hablan los héroes después de la batalla: con gratitud. “Nos trataron súper bien, a nosotros y a nuestras familias. Fue un evento excelente”, dijo, pero detrás de la frase simple estaba la verdad mayor: el béisbol no fue solo espectáculo, fue refugio emocional de un país entero.
Rodríguez anunció mejoras en la infraestructura deportiva, luminarias para el estadio del Magallanes, y la intención de que Venezuela vuelva a ser sede de la Serie de las Américas en 2027. Pero el anuncio más fuerte no fue técnico, sino simbólico: convertir el torneo en un Clásico permanente del continente, una cita donde América no se mida en discursos, sino en entradas.
La foto final mostró a los campeones junto a la presidenta, sonriendo bajo los murales históricos del salón. Parecía una postal, pero era algo más: la imagen de un país que, al menos por un día, se reconoció a sí mismo en una remontada.
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