Por Boris Luis Cabrera, enviado especial
Fotos Panchito González , Prensa Latina
No es una visita cualquiera. Para Prensa Latina, volver a Martí es regresar a la raíz misma del oficio: contar América desde América, narrarla con voz propia, con la dignidad de los pueblos que aprendieron a decirse sin permiso. Martí fue periodista antes que héroe, cronista antes que mártir, palabra antes que bala.

En el Parque que lleva su nombre, su figura no posa: vigila. Parece escuchar todavía el rumor de una ciudad que lo recibió en 1881 como se recibe a un hermano que viene herido de su isla, buscando en la cordillera el aliento que le negaba el mar. Llegó desde La Guaira con 28 años y una patria inconclusa ardiéndole en el pecho.

Muy cerca, casi a la sombra de la historia, el Colegio Santa María guarda una de las escenas más puras de su vida: Martí maestro.
Allí enseñó literatura y gramática francesa a niños pobres, porque sabía que educar es la forma más alta de conspirar contra la injusticia. No llegó a fundar trincheras ni alzar muros, llegó a fundar conciencias y a alzar palabras.
A pocas cuadras, en la Plaza Bolívar, el Libertador sigue montado en su caballo de bronce, mirando al sur del tiempo. Entre Martí y Bolívar hay algo más que admiración: hay una continuidad espiritual. Bolívar liberó territorios y Martí quiso liberar almas. Uno rompió cadenas y el otro quiso evitar que volvieran a forjarse.
Martí escribió sobre Bolívar como se escribe sobre un padre mítico. Lo entendió no como estatua, sino como proyecto: una América unida, digna, pensante, sin imperios que la nombren ni tutelas que la administren. En Caracas, Martí encontró a Bolívar; y en Bolívar, encontró a América.
Por eso esta es una visita obligada de Prensa Latina: porque nuestra misión no es solo informar lo que ocurre, sino recordar lo que somos. Martí es el acta de nacimiento de la conciencia latinoamericana moderna; es la prueba de que el periodismo también puede ser acto de amor y de guerra al mismo tiempo.
Hoy, al salir del parque y del colegio, estuve más seguro que nunca que Martí no murió en Dos Ríos: sigue dando clases, sigue escribiendo, sigue mirando a Bolívar. Y mientras exista una redacción en América dispuesta a contar la verdad de los pueblos, Martí seguirá vivo, enseñándonos que la palabra también puede ser una forma de independencia.
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