miércoles 18 de febrero de 2026

Corazones en guardia: vocación y esperanza desde La Quebradita

Caracas, 18 feb (Prensa Latina) En el corazón de La Quebradita, dos médicas cubanas sostienen la vida como una antorcha en la tormenta: Lidia Jarrosay y Yanara Cruz, nombres que ya laten en el pulso humilde del cerro Fe y Alegría.

Por Boris Luis Cabrera, enviado especial

Lidia ha aprendido a hablarle a la muerte sin bajar la mirada. Médico diplomante en terapia intensiva, treinta y cinco meses en misión. Su jornada empieza a las siete y media de la mañana en el Centro Diagnóstico Integral (CDI) Jorge Eliecer Gaitán.

Entrega de guardia, pase de visita, consulta, hospitalización, docencia, y en cada verbo, una convicción: “Ante todo es el amor; eso es lo que cura”, le asegura a Prensa Latina.

A su lado, como una continuidad natural de esa certeza, Yanara asiente con los ojos. Especialista en Medicina General Integral, graduada en 2013, llegó en 2022 y primero fue directiva, jefa de brigada, responsable de treinta colaboradores.

“Es un reto”, repite. Un reto que no termina cuando cae la noche, porque la comunidad toca la puerta a cualquier hora y ella abre. “Ellos me cuidan mucho”, dice.

En la Quebradita, la ciencia es disciplina; en el cerro, es entrega. Yanara sube cada día las escaleras infinitas de Fe y Alegría. “Ahí es donde puedes hacer la salud comunitaria real”, explica.

No espera detrás de un escritorio: va casa por casa, hipertenso por hipertenso, asmático por asmático, como quien va sembrando pequeñas victorias contra la enfermedad. “Ya no soy la doctora nueva —dice—, soy su doctora”.

Lidia escucha y recuerda su propia transformación. Salió de Cuba recién hecha especialista y se enfrentó a otra cultura, a otras carencias, a otros dolores. “Eso te transforma. Me ha hecho más humana”, confiesa. En Venezuela ha debido estudiar más, exigirse más, crecer más.

Enfermedades que no veía a diario en su tierra la obligaron a afilar el conocimiento como un bisturí, y mientras enseña morfofisiología a estudiantes venezolanos y a jóvenes de la Escuela Latinoamericana de Medicina, siente que la misión también es semilla.

Porque la misión no es solo curar: es formar. Ambas hablan con orgullo de los alumnos que hoy son colegas, de la primera graduación tutelada en el CDI, de los muchachos que dicen: “Yo quiero que me dé clase el médico cubano”. En esas aulas improvisadas, entre camillas y pizarras, la medicina se vuelve herencia.

Pero la épica no está solo en los discursos; está en las cicatrices. Lidia evoca al joven accidentado en Carabobo, la mano casi perdida, la infección avanzando como sombra. “Usted tranquilo, que nosotros le salvamos su mano”. Mes y medio de curas, de desvelo, de fe. La mano se salvó y cada vez que él la veía en la calle, repetía: “Doctora, gracias”. Para ella, ese gracias es una medalla invisible.

Yanara responde con otra historia: una guardia en Sucre, una embarazada sin ambulancia, un parto que no podía esperar. La niña nació en el CDI y la madre decidió llamarla Yanara María. “Eso es algo muy bonito”, dice, y la voz se le vuelve agua. Pudo ir a un hospital cercano, pero eligió a los cubanos. Eligió confianza.

En los cerros, donde otros ven peligro, ellas han encontrado resguardo. “Yo pensé que venía para el salvaje oeste”, confiesa Yanara con una sonrisa. “Pero nunca he pasado un susto en Venezuela”.

Lidia coincide: durante momentos tensos, incluso en tiempos electorales, se sintió protegida por el personal venezolano y por la comunidad. “Doctora, tranquila, aquí no les va a pasar nada”, les dicen los vecinos. Y esa frase, repetida como un salmo laico, se convierte en escudo.

La misión médica cubana, que lleva más de dos décadas en esta tierra, no se explica con estadísticas sino con presencias. Está en el abuelo al que le miden la tensión cada tarde en el círculo de Fe y Alegría, entre café y chocolate compartido. Está en el paciente que no puede bajar al ambulatorio y espera en lo alto del cerro y en la puerta que se abre de madrugada.

“Es vivir lo que se hace aquí para poder hablar”, afirma Lidia. Quien no haya subido esas escaleras, quien no haya sentido el abrazo improvisado de un paciente agradecido, no entiende que esta es “una misión principalmente de amor y dedicación”.

Sin embargo, hay una herida que no se ve en las consultas: la familia lejana. Yanara dejó una niña de dos años; hoy tiene seis. “La parte más triste es la familia”, admite. Lidia, sin hijos, llama bastón a sus padres. Las noches son de videollamadas, de consejos, de silencios que pesan. Hay pérdidas que duelen en la distancia, abrazos que se postergan, pero también hay una certeza que las sostiene: “Tranquila, que aquí todo está bien”, les dicen desde Cuba.

Esa frase viaja de isla en isla como un puente invisible. Ellas curan en Caracas; sus familias las curan a ellas desde lejos.

Cuando cae la tarde sobre La Quebradita y el CDI apaga lentamente sus luces, Lidia y Yanara saben que al día siguiente volverán a empezar.

Subirán el cerro, tocarán puertas, escucharán historias, enseñarán a futuros médicos, salvarán almas, recibirán “gracias”. No son heroínas de estatua ni de mármol; son mujeres de carne y vocación.

Y mientras exista una escalera que subir, un abuelo que atender, un niño que nazca en una guardia improvisada, la bata blanca seguirá venciendo a la montaña. Porque en estos cerros de Caracas la medicina tiene acento cubano, y el amor —como ellas dicen— es el primer y más poderoso tratamiento.

ro/blc

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