Por Boris Luis Cabrera, enviado especial
Su bata blanca no es un uniforme, es una trinchera portátil. Hace 22 meses dejó su natal Santiago de Cuba, municipio de Segundo Frente, para integrarse a la Misión Barrio Adentro, y desde entonces su biografía se escribe con nombres de pacientes y mapas de agua.
Jorge avanza con la calma de quien ha aprendido a medir el tiempo en latidos ajenos. Recibe hipertensos, diabéticos, ancianos sin recursos, madres con niños febriles, trabajadores rotos por la fatiga.
«Mi experiencia es muy satisfactoria, sobre todo viendo el resultado del trabajo hecho acá. Siempre brindamos la alegría que nos caracteriza y tenemos el objetivo de que el paciente se sienta lo mejor posible», declaró a Prensa Latina.
Pero antes de Caracas, Jorge estuvo en el Orinoco. Delta Amacuro, Curiapo, selva, río, aborígenes, son palabras que en su boca no son paisaje, sino memoria física. “Pasábamos dos o tres horas en una lancha para llegar a un cañito donde viven los nativos prácticamente sin nada”, recuerda.
Allí el mundo no tenía paredes, sino ramas; no tenía calles, sino corrientes; no tenía hospitales, sino un centro médico deteriorado en medio de la espesura.
Una noche llegó una mujer en trabajo de parto y no había medicamentos para inducir contracciones, no había tampoco tecnología ni certezas. Solo once personas en una brigada y una ley no escrita: todos eran médicos cuando la vida tocaba la puerta.

“Tuvimos que lidiar con los familiares… ya dábamos todo por perdido, esperábamos un óbito fetal”. Tres horas después, cuando el silencio ya pesaba como una sentencia, llegó la contracción. Nació la niña, no lloró, no respiraba. Entonces los cubanos se movieron todos: maniobras, manos, respiraciones prestadas, y la niña vivió.
“Le pusimos Victoria Esperanza”, cuenta Jorge. Como si el nombre fuera una bandera clavada en medio del río, como si esa niña fuera, en realidad, el resumen de toda la misión. «Después, como todo buen cubano, tomamos café para celebrarlo», nos relata.
En el Orinoco, Jorge cruzó el río muchas veces bajo aguaceros que parecían castigos bíblicos, vio pasar barcos petroleros como monstruos de acero, compartió casabe, ocumo, pirañas fritas.
El médico santiaguero Observó guacamayos, chigüires, jabalíes. Aprendió que hay pueblos que sobreviven sin arroz ni pasta, pero con una resistencia ancestral que ningún libro enseña.
“Allá diagnosticábamos a clínica, sin complementarios”, explica. Medicina sin máquinas, ciencia sin red. Solo cabeza, manos y coraje, y aun así, los pacientes se recuperaban y cuando los médicos se iban, la gente lloraba.
Jorge también dejó una familia en Cuba. Padres, hermanos y abuelos. “Uno extraña, claro, pero no puedes dejar que eso te afecte”, dice. Hay una palabra cubana para eso: sobreponerse. Hay otra más profunda: servir.
En Caracas cocina, lava, aprende, escucha, diagnostica, acompaña. Sabe que el 50 por ciento del tratamiento es la forma de tratar al paciente. Que a veces una mano en el hombro es más eficaz que una receta, que hay enfermedades que no se curan, pero todas se pueden dignificar.
“Lo más bonito es ver al paciente satisfecho, que te diga: ‘Gracias, doctor, me siento bien’”. En esa frase cabe todo un sistema de salud que no se mide en dinero, sino en gratitud.
Jorge cambió. “Llegué como un novato”, admite. Nunca había subido a un avión. Hoy ha cruzado ríos, selvas, miedos, fronteras interiores. Se ha convertido en otra versión de sí mismo: menos ingenua, más fuerte, más humana.
La Misión Barrio Adentro se escribe cada día en condiciones difíciles: falta de recursos, aislamiento, cansancio, nostalgia, precariedad. Se escribe con médicos que trabajan donde nadie quiere llegar, con enfermeros que duermen poco, con brigadas que hacen de todo porque la emergencia no entiende de cargos.
Y se escribe, sobre todo, con historias como la de Victoria Esperanza: una niña salvada en medio del Orinoco por once personas sin medicamentos, pero con fe en sus manos.
Hoy Jorge Anael Chacón atiende en El Paraíso, mañana atenderá donde haga falta, porque hay médicos que curan enfermedades y otros que curan geografías. Y porque mientras exista un cubano cruzando ríos para salvar vidas, la palabra misión seguirá siendo sinónimo de patria en movimiento.
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