Wawrinka volvió a escribir un capítulo más en su batalla íntima contra el calendario. A sus 40 años, cuando muchos recuerdos pesan más que las raquetas, el helvético respondió con la autoridad de los viejos campeones y derrotó por 7-5 y 6-3 al combativo Hassan.
El marcador, forjado en una hora y 13 minutos de combate, no revela del todo la tensión que vibró en cada intercambio. Wawrinka sostuvo el pulso en un primer set áspero, donde cada juego fue una trinchera y cada servicio, un acto de fe. Con su revés a una mano —esa obra de orfebrería que desafía la modernidad— quebró en el momento justo, como quien abre una grieta en la roca.
En la segunda manga, el suizo desplegó la serenidad de quien conoce los laberintos del circuito. Administró energías, castigó con profundidad y cerró el duelo con la precisión de un cirujano. Fue una declaración de resistencia en un torneo que lo acogió con una invitación y que él ha decidido honrar con tenis de alto linaje.
El público, testigo de tantas gestas en esta ciudad que mezcla acero y arena, premió con aplausos la entrega del tres veces campeón de Grand Slam. Wawrinka, consciente de que transita el último año de su carrera, juega cada partido como si fuera una despedida aplazada, como si cada punto fuese una sílaba más en el poema de su trayectoria.
Con este triunfo, el suizo se instala en los octavos de final, donde podría cruzarse con el ruso Daniil Medvedev, siempre que este supere su compromiso inicial. El posible choque asoma como un diálogo entre generaciones: la experiencia tallada en mármol frente al vértigo contemporáneo.
Mientras tanto, Dubái vuelve a ser escenario de una vieja verdad del deporte: el talento no entiende de edades cuando la voluntad lo respalda. Y Wawrinka, guerrero de mirada serena, sigue avanzando sobre la pista como quien se niega a apagar la última llama.
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