Según estadísticas del Banco Central de la Reserva (BCR) de 10 actividades que mide el Índice de Volumen de la Actividad Económica (IVAE) cerraron en contracción dos, aunque fundamentales.
La Construcción creció en diciembre un 22.8 por ciento, por ejemplo, pero en contraste, la actividad de agricultura, ganadería y silvicultura bajó 1.2, mientras que el rubro de administración pública y defensa se mantuvo en terreno negativo, con menos 6.4 por ciento, y acumuló tres meses consecutivos a la baja.
Esas estadísticas de cierre de año traen a colación la creciente y preocupante dependencia en la importación de alimentos en el país, donde aparentemente se estimula la importación en detrimento de la producción interna.
Un reciente editorial del diario El Mundo, puntualizó que “un país no puede descansar exclusivamente en mercados externos para alimentar a su población. La autosuficiencia absoluta es improbable en un mundo globalizado, pero la diversificación productiva y el fortalecimiento del agro son no solo posibles, sino estratégicamente necesarios”.
A ese desafío se enfrenta el gobierno del presidente Nayib Bukele cuando las cifras muestran que el país importó más de tres mil 294 millones en alimentos durante 2025 , lo cual refleja “una vulnerabilidad estructural” que no se puede ignorar.
Cuando las importaciones duplican con creces las exportaciones, no hablamos solo de balanza comercial; hablamos de seguridad alimentaria, resiliencia económica y soberanía productiva, apuntó el editorial.
La dependencia creciente de alimentos importados suele justificarse bajo la lógica del mercado: es más barato comprar afuera que producir adentro y además en el hecho histórico que desde la reforma agraria se destruyó la producción agropecuaria, estimó el diario.
En términos estrictamente contables, el argumento parece razonable. Pero la economía real —la que sienten las familias— es menos simple, agregó.
La volatilidad de precios internacionales, las disrupciones logísticas, los conflictos geopolíticos y los fenómenos climáticos convierten esa aparente eficiencia en un riesgo permanente, señaló.
La factura externa puede dispararse en cualquier momento, y el impacto recae, inevitablemente, en el consumidor.
Advierte el periódico que el dato más inquietante no es solo el monto total, sino su composición. Cereales, preparaciones comestibles, carnes, lácteos, vegetales.
Muchos de estos productos, puntualizó, no son lujos ni bienes prescindibles; son la base de la dieta cotidiana. Importar maíz o frijoles —pilares históricos de la alimentación salvadoreña— revela algo más profundo que una simple preferencia comercial: evidencia el debilitamiento sostenido de la producción agrícola nacional.
Subrayó el diario que El Salvador no necesita cerrar sus fronteras comerciales. Necesita abrir oportunidades productivas dentro de ellas. Necesita que la producción local deje de ser una actividad de resistencia y se convierta en una apuesta rentable.
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