El joven corredor del Groupama convirtió los 189 kilómetros ondulados del Drôme en un tablero de ajedrez sobre ruedas, moviendo ficha con paciencia antigua hasta dejar en jaque a sus rivales bajo un cielo que parecía inclinarse para observar el desenlace.
Compartió la fuga decisiva con el estadounidense Matteo Jorgenson, pedal a pedal, como dos espadas que se reconocen antes del duelo, mientras detrás rugía el pelotón convertido en marabunta y cronometrando su zarpazo con precisión de metrónomo.
La carretera, erizada de cotas y cicatrices, exigía piernas de hierro y mente fría, y cuando el asfalto se empinó como una muralla final, Grégoire esperó el segundo exacto para lanzar su órdago a 200 metros de la meta, un latigazo seco que abrió un suspiro de ventaja y cerró la puerta al vendaval perseguidor.
El pelotón cruzó apenas dos segundos después, con el francés Lenny Martínez encabezando la estampida tardía, demasiado tarde para arrebatarle al hijo de Besançon un triunfo que ya ardía en sus piernas como promesa cumplida.
Fue la victoria de la inteligencia y del instinto, del cálculo milimétrico en medio del caos, y también la confirmación de un talento que se inscribe entre los nombres llamados a sostener el relevo del ciclismo galo en las clásicas de primavera.
Grégoire detuvo el cronómetro en 4 horas, 14 minutos y 11 segundos, a una media de 44,6 kilómetros por hora, y alzó los brazos por decimotercera vez como profesional, gesto que ya no es sorpresa sino costumbre en una carrera que crece con la misma naturalidad con la que respira.
En las ondulaciones implacables del departamento del Drôme, entre 17 cotas y más de tres mil metros de desnivel acumulado, el francés escribió una página que huele a futuro y a herencia, sucediendo en el palmarés al español Juan Ayuso y prolongando la fiesta de un ciclismo que en su tierra no deja de florecer.
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