La isla, áspera y luminosa como un presagio, se rindió ante el paso firme de Zana, quien había asaltado la general en la etapa reina y hoy rodó protegido por el pelotón para convertir aquella gesta en un reinado incontestable.
El corredor del Soudal-QuickStep confirmó así su primer gran laurel desde su llegada invernal a la escuadra belga, una victoria que tiene sabor a resurrección y a promesa cumplida bajo el cielo azul de Cerdeña.
“Es bonito venir aquí y, por supuesto, ganar la carrera”, declaró Zana con la serenidad del guerrero que ya ha cruzado el fuego, consciente de que estos cinco días han sido un laboratorio de sueños antes de mirar hacia el Giro de Italia.
La jornada final, lanzada con un tramo inicial de 18 kilómetros antes de entregarse al descenso y al llano, fue un pulso entre la fuga romántica y la lógica implacable del sprint, como si el ciclismo debatiera entre la poesía y la matemática.
En el Valico di Su Pradu se encendió la mecha y el italiano Riccardo Perani tensó la cuerda de la escapada hasta tejer una ventaja que superó los seis minutos, un espejismo heroico que nunca amenazó la corona pero sí obligó al pelotón a recordar que toda victoria exige vigilancia.
El grupo principal, paciente como un ejército que calcula cada movimiento, dejó hacer hasta que el reloj y la estrategia dictaron sentencia, y a 17 kilómetros del final absorbió la aventura solitaria para restablecer el orden natural de la carrera.
Aún hubo un último relámpago cuando Diego Uriarte atacó a 15 kilómetros de la meta y abrió una rendija de esperanza, pero el pelotón lo devoró a dos del final y lanzó su estampida hacia Olbia con la furia de un vendaval.
En el embalaje definitivo emergió Davide Donati, del equipo Red Bull-Bora-Hansgrohe Rookies, quien se impuso en un ajustado foto finish ante Davide Persico y Tilen Finkšt para completar la fiesta italiana con un triunfo de velocidad pura.
Así, mientras Donati alzaba los brazos en la recta final, Zana levantaba en silencio un trofeo más profundo y duradero, el de la regularidad y la resistencia, ese que no se conquista en un instante sino en la suma paciente de cada kilómetro.
Cerdeña fue entonces un teatro de viento y asfalto donde Italia escribió un doble acto de gloria, y Zana, con la calma de quien sabe que el camino continúa, comenzó a mirar más allá del horizonte, donde aguarda la serpiente interminable del próximo desafío.
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