Bajo el cielo limpio de la capital japonesa, más de 38 mil corredores se lanzaron a las calles en esta nueva edición, parada ilustre de las Abbott World Marathon Majors y vitrina suprema de la resistencia humana.
En la prueba masculina, Takele Tadese escribió su nombre con fuego al detener el cronómetro en 2:03:36 horas, idéntico registro neto al de los kenianos Geoffrey Toroitich y Alexander Mutiso, en un podio decidido por milésimas y reglamentos.
La meta fue un tribunal de precisión quirúrgica. Tres hombres cruzaron abrazados por el mismo tiempo, pero el sistema de cronometraje dictó sentencia y confirmó una de las definiciones más cerradas que recuerde Tokio.
Tadese revalidó así el título conquistado en 2025, cuando había ganado con 2:03:23 y más que una victoria fue la defensa de un reino.
La élite africana volvió a marcar el pulso del planeta y en la rama femenina, Kosgei transformó la ciudad en un escenario de consagración al cruzar la meta en 2:14:28 horas, estableciendo un nuevo récord de la prueba y superando la anterior marca de 2:15:25 fijada en 2021 por Ashete Bekere.
Su zancada fue un metrónomo implacable y su ritmo, una declaración de autoridad. Kosgei, una de las grandes figuras históricas del maratón femenino, rozó su mejor registro personal de 2:14:04 logrado en Chicago 2019 y confirmó que su regreso al primer plano internacional no admite dudas ni sombras.
Detrás de ella, la etíope Bertukan Welde finalizó segunda con 2:16:35 y el tercer puesto fue para su compatriota Hawi Feysa (2:17:38), mismo tiempo que la también etíope Sutume Asefa Kebede, cuarta tras el desempate oficial.
Tokio volvió a rendirse ante la hegemonía de Kenia y Etiopía. Antes de la largada, nombres ilustres como Kenenisa Bekele, Benson Kipruto y Joshua Cheptegei acaparaban los pronósticos en la prueba masculina, sin embargo, fue Tadese quien convirtió el asfalto en territorio conquistado.
La ciudad, con sus avenidas interminables y su público disciplinado, fue testigo de una batalla contra el reloj donde cada kilómetro fue un verso y cada respiración un desafío.
Cuando el reloj marcó el tiempo definitivo, Tokio comprendió que había asistido a algo más que una carrera, había presenciado una epopeya cronometrada.
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