En el tablero de esta edición, la novena cafetera vuelve a escribir su nombre con pulso firme, ubicada en el siempre áspero Grupo A junto a Puerto Rico, Cuba, Canadá y Panamá, una zona de equilibrios frágiles donde la paridad parece ser la característica principal de la llave.
Colombia ya no es aquella selección que debutó con asombro en 2017; ha crecido entre derrotas dignas y victorias que supieron a manifiesto.
En 2023 rozó la hazaña y dejó claro que su béisbol caribeño, forjado entre Barranquilla y Cartagena, tiene la textura de la resistencia y ahora regresa con una mezcla de veteranía y hambre, una combinación que suele encender incendios deportivos.
El eje de su esperanza está en el montículo. José Quintana encarna la serenidad del veterano que ha sobrevivido a las tormentas de las Grandes Ligas, con una recta que no solo viaja, también ordena.
A su lado, Julio Teherán aporta experiencia y temple, mientras brazos jóvenes intentan sostener el pulso en las entradas finales, allí donde el Clásico suele convertirse en un duelo de nervios.
En la ofensiva, Gio Urshela es la bisagra del infield y el bate que puede cambiar el curso de una noche con un swing certero; su capacidad para producir en momentos calientes será determinante, mientras piezas como Harold Ramírez y el joven Michael Arroyo representan el equilibrio entre contacto, velocidad y atrevimiento.
Las fortalezas son claras: una rotación abridora capaz de mantener marcadores bajos, defensa sólida en el cuadro interior y experiencia acumulada en escenarios exigentes. Colombia sabe jugar partidos cerrados, sabe sufrir sin desmoronarse y, sobre todo, sabe esperar su turno para golpear.
Pero también hay fisuras. El relevo intermedio no siempre ofrece garantías absolutas y la ofensiva, aunque combativa, carece del poder devastador de otras potencias del grupo y si los bates se enfrían o el bullpen titubea en la séptima u octava entrada, el sueño puede diluirse en cuestión de minutos.
En un grupo donde Puerto Rico parte con cartel de favorito y donde Canadá presume profundidad ofensiva, Colombia necesita precisión exacta ante Panamá y un duelo casi perfecto frente a Cuba para aspirar al segundo boleto.
Un 2-2 podría dejarla al borde del abismo o abrirle la puerta de los cuartos de final; un 3-1 la convertiría en la gran historia del torneo.
El vaticinio es prudente pero no mezquino: Colombia tiene argumentos reales para avanzar, no es la favorita, pero tampoco la comparsa; es esa selección que avanza en silencio y, cuando todos miran hacia otro lado, ya ha tomado la delantera.
En este VI Clásico, Colombia no solo juega por victorias, juega por identidad, y en el béisbol, cuando identidad y convicción se abrazan, cualquier gigante puede tambalear.
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