La sabia imaginación del “Gabo” le permitió plasmar a través de imperecederas metáforas las increíbles, – y en definitiva reales-, historias de pueblos, próceres, naciones y de todo un continente.
A casi 50 años de la primera edición de la que es quizás su obra más universal, Cien años de soledad, enamora aún el escritor a todo aquel que sabe apreciar la belleza de lo genuino, de lo diferente.
En tiempos donde las ambiciones guerristas parecieran prevalecer por encima del derecho a la vida, es válido recordar el contenido del discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, titulado «La soledad de América Latina», pronunciado el 10 de diciembre de 1982 en Estocolmo, Suecia.
Dentro de toda aquella exposición memorable una frase resonó de manera particular.
“América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental”, expresó.
Más adelante cuestionó: “¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes?”.
Reconoció casi a continuación que “la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento”.
Alarmante vigencia conserva su denuncia de cómo “los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios”.
Evocó el colombiano ese día a quien llamó su maestro: el también escritor William Faulkner, cuando desde ese mismo podio sentenció que se negaba a admitir el fin del hombre.
Confesó entonces que no se sentiría digno de ocupar ese sitio si no tuviera la conciencia plena de que, por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que el autor estadounidense negaba a admitir “es ahora nada más que una simple posibilidad científica”.
Ante esta realidad sobrecogedora, afirmó, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria.
“Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”, exclamó el novelista.
El discurso del Gabo fue escrito hace más de cuatro décadas, pero quien lo lee podría pensar que no fue pronunciado sino ayer.
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