La investigación fue desarrollada por especialistas de los Centros de Diagnóstico y Medicina Avanzada y de Conferencias Médicas y Telemedicina (Cedimat), la Universidad Autónoma de Santo Domingo (Uasd) y la Fundación Manantial de Vida, con apoyo de otras instituciones vinculadas al sistema penitenciario y programas de rehabilitación.
El estudio utilizó resonancia magnética estructural y funcional, además de evaluaciones psicológicas, para analizar el funcionamiento del cerebro y la conducta de hombres que han cometido este tipo de crimen.
Para ello, los investigadores compararon tres grupos de participantes: hombres condenados por feminicidio, varones remitidos a programas de atención por violencia contra sus parejas y un tercer grupo sin antecedentes de violencia.
Según los resultados, los sentenciados por feminicidio presentaron menor densidad de materia gris en zonas del cerebro relacionadas con el control del comportamiento y la regulación de las emociones.
También se detectaron alteraciones en la amígdala, una estructura cerebral que interviene en el procesamiento del miedo y otras emociones intensas.
Las evaluaciones psicológicas mostraron además dificultades para controlar los impulsos, problemas para manejar emociones fuertes y patrones de pensamiento rígidos, así como inseguridad y autocrítica elevada.
En el plano social y familiar, el estudio identificó algunos factores comunes entre los participantes, como niveles educativos más bajos y la ausencia o distancia de la figura paterna durante la infancia.
La investigación surge en respuesta a la magnitud del problema en el país. De acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Estadística (ONE), 348 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas entre 2020 y 2024.
A estas cifras se suman 49 casos registrados en 2025 y al menos seis en enero de 2026, lo que evidencia la necesidad de fortalecer las estrategias de prevención.
Los investigadores señalaron que el objetivo del estudio es aportar evidencia científica que ayude a mejorar la evaluación del riesgo, la detección temprana y las intervenciones preventivas, incorporando la neurociencia y la salud mental en las políticas para enfrentar la violencia de género.
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