En el escenario exigente de la Copa del Mundo de Escopeta, el tirador limeño transformó cada plato en una afirmación de carácter, cada disparo en una grieta abierta sobre la incredulidad de quienes no miraban hacia el sur del mapa y conquistó la medalla de oro en el Trap masculino igualando el récord mundial.
De Souza no llegó como favorito. Clasificó quinto tras derribar 121 de 125 objetivos, una antesala sobria que ocultaba la tormenta, pero en la final afinó la mirada hasta volverla quirúrgica: 27 de 30 aciertos, cifra que lo llevó a lo más alto del podio.
A su alrededor quedaron nombres de peso. El marroquí Driss Haffari, anfitrión y escolta con 25 puntos, y el guatemalteco Jean Pierre Brol, bronce con 21, observaron cómo el peruano convertía la presión en pulso firme y el ruido en silencio interior.
Pero el impacto no se mide únicamente en números. En Lima, en provincias, en los clubes donde el tiro es disciplina de paciencia y fe, la noticia ha encendido una llama, porque Perú, tierra sin tradición dominante en esta especialidad, se ve hoy reflejado en un campeón que desafió jerarquías y geografías.
La gesta también reconfigura el mapa emocional del deporte peruano, porque no es frecuente que un atleta nacional conquiste una Copa del Mundo, menos aún ante potencias históricas. Por eso, el logro de De Souza adquiere un matiz casi fundacional: abre caminos, legitima sueños, instala la certeza de que la élite no es un territorio vedado.
El reconocimiento internacional no tardó y la propia organización destacó su actuación como una de las más sólidas del certamen, subrayando su consistencia en un formato de eliminación donde el error suele ser sentencia.
Detrás de este triunfo hay años de disciplina silenciosa y hoy todo ese recorrido encuentra sentido en un instante perfecto. Desde aquel adolescente que tomó una escopeta por primera vez hasta el olímpico de Tokio 2020, su trayectoria ha sido una suma de intentos, caídas y aprendizajes.
Perú no solo celebra una medalla: celebra una grieta luminosa en su propia historia, porque en Marruecos, entre platos que estallaban en el aire como instantes irrepetibles, Alessandro De Souza encendió una certeza, la de que también desde aquí se puede conquistar lo imposible.
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