El martillo de Flandes: Pogacar rompe la historia a golpes

Bruselas, 5 abr (Prensa Latina) El esloveno Tadej Pogacar conquistó hoy el Tour de Flandes con una exhibición devastadora, domando adoquines y rivales para firmar su tercera corona en la clásica flamenca y elevar su figura a territorio mítico.

En la geografía áspera de Flandes, donde cada piedra guarda memoria de sufrimientos antiguos, el esloveno apareció como un fenómeno que no se explica, solo se padece, y más que victoria y ataque fue invasión y veredicto.

El pelotón, ese ejército de piernas ilustres, se fue desgranando como si el viento arrancara hojas secas de un árbol condenado. Pogacar primero amagó, luego insistió y finalmente, dictó sentencia.

Kwaremont, juez eterno de esta carrera, se convirtió en su escenario de ejecución. Allí, donde la pendiente muerde y el adoquín sacude el alma, Pogacar se levantó sobre la bicicleta como un emperador sobre su trono tambaleante. A su rueda resistieron nombres gigantes, pero resistir no es lo mismo que creer.

Ellos dejaron de creer, porque cuando Pogacar acelera, no hay respuesta táctica, ni cálculo posible: hay fe o rendición. Y Flandes eligió rendirse.

Uno a uno fueron cediendo, como frutos maduros en la rama de una tormenta inevitable. El neerlandés Van der Poel, último guardián del imposible, aguantó hasta que la realidad le atravesó el pecho en las rampas del Kwaremont. Allí, el duelo se quebró y la carrera murió para todos menos para uno.

Después vino el Paterberg, ese muro breve y cruel que no mide metros, sino voluntades. Pogacar lo cruzó como si la gravedad fuera un rumor lejano. Detrás, el mundo se desmoronaba en segundos que pesaban como siglos.

Los últimos kilómetros fueron una procesión de testigos, porque lo que rodaba hacia Oudenaarde ya no era un ciclista: era un ser de otro mundo. Cada pedalada ampliaba la distancia, pero también el asombro y cada metro lo alejaba del pelotón y lo acercaba a la eternidad.

Tercera victoria en el Tour de Flandes, tres golpes sobre la mesa de la historia.

Pero los números, aunque imponentes, se quedan cortos. Pogacar no gana carreras: las transforma.

El esloveno transforma al ciclismo en un relato épico donde el sufrimiento es lenguaje y la grandeza, destino. Su temporada —tres carreras, tres victorias— ya no es una racha: es una advertencia.

Pogi se convirtió de paso en el primero de la historia en ganar cuatro Monumentos seguidos, y dentro de una semana, le espera el infierno de Roubaix, el único de esta clase que aún no ha conquistado, el último bastión de lo imposible.

Sin embargo, después de lo visto hoy, la pregunta ya no es si puede lograrlo; la pregunta es quién podrá impedirlo.

oda/jcm/blc

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