Ciudad de México, 10 jun (Prensa Latina) Medio mundo canta hoy al ritmo de Shakira el himno del Mundial 2026, pero en un país en específico esa letra resulta bien amarga.
Fundadora y una de las grandes protagonistas de la historia, Italia ve los toros desde la barrera, por segunda vez consecutiva y tercera en los últimos 20 años, así que la canción, con su clímax en italiano, nos recuerda al gran ausente.
La célebre Squadra Azzurra tuvo sus oportunidades y las desaprovechó, ahora es momento de sumarnos a este coro eterno que celebra la vida, la memoria y la esperanza.
Si nos ponemos serios, esto no es más que un remiendo del Allez de Ricky Martin en La Copa de la vida; de hecho, traducidos significan lo mismo, pero aquí no estamos para ganar un Grammy, esto es dejarse llevar y que las gargantas se multipliquen.
En el fondo no debe verse como un mero arreglo de notas y palabras, sino como un puente intangible que conecta corazones y tiempos, convirtiéndose en himno.
En este caso, la esencia no reside en la belleza estética de las letras, sino en su capacidad para evocar emociones profundas, despertar la fibra más íntima del ser humano, venga de donde venga.
Se espera que al entonarlo el individuo se funda con la multitud, sienta en su pecho el pulso vibrante de una comunidad que comparte un sueño: el de levantar la Copa en medio de pactos invisibles de solidaridad y esperanza.
Pero quienes no pertenecen a los 48 países involucrados también entonan la melodía como refugio y espada, como consuelo y llamado a la acción, para ser protagonistas en el futuro.
Un himno es, en esencia, un poema elevado a la solemnidad sonora, la evocación misma de una identidad compartida, un faro luminoso para el espíritu colectivo, y si Dai Dai se acerca a eso, habrá logrado su objetivo.
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