Por Antonio Rondón
Como en otras ocasiones, el G7 intentó probar el control sobre las cosas con decisiones globales sobre comercio, salud, tecnología, defensa, migración y hasta combate a la pobreza, además de asuntos corrientes en la arena internacional, pero todo parece cambiar.
El presidente francés, Emmanuel Macron, al parecer, en un gesto para mostrar la vocación histórica por la transparencia y la fraternidad de su país, combinó a los estadistas de los Estados invitados a posar en la foto de familia de la cumbre de “los poderosos”.
Brasil, la India y Egipto, casualmente, figuran entre los países activos del Grupo Brics (Brasil, Rusia, China, Sudáfrica y la India) y de los nuevos miembros, cuando ese bloque informal cada vez pisa más de cerca los talones del G7.
Las desavenencias de los industrializados
Francia, Japón, Canadá, Reino Unido, Italia y Alemania estuvieron entre las víctimas de los aranceles aplicados por Estados Unidos contra el resto de sus socios del G7, un aspecto que para nada dejó de atenderse en la cumbre de Évian-les-Bains.
Ese detalle revoloteó sobre la mesa del G7, incluso, cuando el presidente estadounidense, Donald Trump, supuestamente en broma, entró al salón plenario de la cumbre y lanzó su frase hegemónica: “soy el jefe”, algo visto aquí como un intento de humillar.
El acuerdo con Irán, el tema de Trump
Al llegar a la cumbre, en las que Macron buscaba lograr un consenso para continuar con la presión económica, militar y política contra el Kremlin, Trump impuso el tema de la firma del acuerdo con Teherán para el fin definitivo de las hostilidades en el Medio Oriente.
La rúbrica del acuerdo con el país persa, al que Estados Unidos e Israel agredieron el 28 de febrero pasado, a juicio de analistas del canal galo BMFTV, era una cuestión crucial para Trump, empantanado en una confrontación que, además de dinero, tenía elevado costo político.
Francia, Reino Unido e Italia mostraron ciertas dudas sobre el contenido, las posibilidades y las omisiones del mencionado arreglo, sobre todo, en lo relacionado con el programa nuclear iraní y sobre el funcionamiento del estrecho de Ormuz, una vez firmado el acuerdo.
París y Londres, finalmente, plasmaron en un documento final sus intenciones de participar, si ello fuera posible y necesario, en una misión de lo que consideran como una supervisión del paso seguro por el estrecho de Ormuz, cuando Teherán veta cualquier acción que ponga en duda su soberanía sobre el mencionado estrecho.
El espinoso tema ucraniano
Después de 55 minutos de plática telefónica con su similar ruso, Vladimir Putin, poco antes de viajar a Francia, Trump parecía decidido a presionar a Kiev para sentarse lo antes posible a conversar con Moscú, mientras mantenía en bajo perfil su ayuda militar a Ucrania.
Pero en Évian hubo cambios y Macron logró su propósito de inicio: un consenso, con Estados Unidos incluido, para aumentar lo que consideran como presión sobre el mandatario ruso.
De esa forma, los siete países más industrializados acordaron el incremento del suministro de armamentos a Kiev, incluidos drones, interceptores y armas de largo alcance, cuando Moscú se refiere a su posible utilización para atacar la infraestructura civil rusa.
El mandatario francés estima que la ayuda bélica forma parte de los esfuerzos por apoyar un avance en el terreno de Ucrania, mientras desde Rusia, su ministerio de Defensa habla de un cerco a la ciudad de Kramatorsk, en la autoproclamada república de Donetsk.
Un diferendo pendiente para el Palacio de Versalles
Para cerrar la cumbre, el mandatario francés ofreció una cena a Trump en el emblemático Palacio de Versalles, a donde el estadista galo llevó los temas más polémicos de ambos países, relacionados con el acceso a tecnologías informáticas y la seguridad digital europea.
El tema amenazaba con llevar, nuevamente, a una confrontación comercial entre París y Washington, luego que Trump habló de imponer un arancel del 100 por ciento a la importación de vinos galos, como medida de represalia por aplicar París la llamada tarifa GAFA.
La prensa francesa, sin embargo, comentó más la firma simbólica en el Palacio de Versalles del memorando de entendimiento con Irán, que los posibles resultados de una discusión sobre el diferendo comercial.
Las diferencias son más cortas
Aunque al decidir su creación en 1975, el entonces grupo de los Cinco, ampliado después a otros dos miembros, dominaba casi toda la economía del planeta, ese escenario cambió totalmente.
Los países del Brics representan ya el 41 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) en el orbe y cuentan con el 48 por ciento de la población mundial, mientras que el G7 conserva el 43 por ciento del PIB nominal del planeta.
El Brics, que algunos sitúan como la locomotora del Sur Global, se hace cada vez más fuerte en esferas como la manufactura, agricultura y alimentos, energía y petróleo, minería y minerales raros, así como gran parte del comercio marítimo y de las cadenas globales de suministro.
De ahí que no fuera casual la presencia, en medio de la discusión de temas vitales para Occidente, de dirigentes de las llamadas naciones emergentes, un puesto bien ganado en la práctica en el peso de la economía global.
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