jueves 30 de julio de 2026

LOS JUEGOS DEL CENTENARIO
JUEGOS CENTROAMERICANOS Y DEL CARIBE

SANTO DOMINGO, REPúBLICA DOMINICANA 
24 de Julio al 8 de Agosto de 2026

Misión suicida sobre una moto dominicana

JCC SANTO DOMINGO 2026
Santo Domingo, 29 jul (Prensa Latina) Los apremios de tiempo suelen ser el mayor enemigo de la prudencia; algunos incluso cobran vidas, y otros dejan experiencias como la que viví en las caóticas calles de esta capital.

Por Lemay Padrón Oliveros (enviado especial)

Fotos: Abel Rojas Barallobre (FotosPL)

Permítanme relatarles esta odisea urbana que comenzó inocentemente con un malentendido horario y terminó convirtiéndose en una mezcla de thriller psicológico, parque de diversiones extremo y comedia involuntaria.

Debí estar listo para abordar el transporte colectivo junto a unos colegas a las dos de la tarde, pero no sé por qué mi inconsciente decodificó dos y media, quizás porque había tiempo de sobra para llegar al destino.

En fin, el minibús partió como estaba previsto y cuando empecé a preguntar hace rato había arribado a su destino, así que no me quedó más remedio que pedir un Uber.

No me convencieron económicamente las ofertas de autos que vi debido a mi corto presupuesto y decidí aventurarme en moto, no sin cierto recelo.

El hombre llegó a su hora, se pasó par de puertas, como debe ser y corresponde, y luego monté en su nave de dos ruedas.

Llevaba conmigo las cámaras y lentes del fotógrafo que nos acompaña en la cobertura y el micrófono y el trípode del otro periodista, y para mí cuidar lo ajeno va por encima de lo mío, de toda la vida.

Con ese segundo resquemor recibí el primer acelerón, golpe brutal a mi concepto de “viaje seguro”, con una mano sobre el agarre de atrás del asiento y la otra mano libre (me daba cosa sujetar a un extraño), agazapada para aferrarme al conductor solo en caso de vida o muerte. Íbamos esquivando (o esquiando para que sea más gráfico) entre auto y auto como si fuera una pista helada llena de obstáculos, y no sé si eso me daba más miedo que frenar y volver a arrancar por los tirones que daba la motico.

Mi mano derecha estaba totalmente acalambrada y no íbamos ni por la mitad del trayecto, además desconocido para mí porque el ninja motociclista tomó calles diferentes a las de nuestros recorridos habituales (el miedo a una encerrona se sumó al panorama).

Fueron eternos esos minutos rezando por no terminar estampado contra un poste o convertido en noticiero polvoriento.

Al final llegué cinco minutos antes de que empezara la competencia, pero directo para el baño, y el motorista seguro a comprar detergente y aromatizante para la parta trasera de su asiento.

rc/lp

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