Que el liderazgo del Senado no recayera en el favorito del próximo jefe de Estado marcó un significativo revés a juicio de numerosos analistas, sobre todo por la forma en la que ocurrió el suceso.
“Ningún presidente electo en los últimos 30 años había sido derrotado en la elección del primer presidente del Senado, que es quien lo posesiona y le impone la banda”, fue el resumen que el excandidato presidencial Roy Barreras hizo sobre el fiasco.
Honorio Henríquez, en quien al final recayó el mazo del Congreso, ascendió gracias a una inédita alianza entre el Centro Democrático, la colectividad del expresidente Álvaro Uribe (2002-2010), y la organización a la que como oposición castigó durante todo el gobierno de Gustavo Petro, el progresista Pacto Histórico.
Cuando desde el gabinete entrante no ofrecieron su apoyo al candidato del exgobernante, quien alegó que le correspondía el puesto por ser la bancada de gobierno más numerosa, el exmandatario aseguró que pelearía por lo que consideraba un reconocimiento legítimo.
“Si el tigre va a rugir contra nosotros, nos toca proceder como las abejas”, afirmó en alusión al sobrenombre con el que se reconoce a sí mismo De la Espriella.
El ministro del Interior designado, Rodrigo Lara, declaró por su parte que se resistía a pensar que el Centro Democrático fuera a voto limpio para dirimir una cuestión que suele decidirse previamente por consenso, pero el motivo de su incredulidad resultó ser una certeza.
Luego, el presidente electo intentó hacer control de daños al asegurar que ese tema no le quitaba el sueño, pero al parecer tampoco le produce sosiego.
“Hay pulgas que tienen el insignificante derecho de picar a los tigres”, manifestó después con mal disimulada molestia, en una frase que los analistas atribuyeron a la postura del Centro Democrático.
Aun cuando el partido de Uribe asegura que colaborará con el nuevo gobierno, lo cierto es que, a juzgar por los pronunciamientos de ambos lados, todo dependerá de lo que pase a continuación.
El expresidente también expresó temor de que el intento para que el presidente del Senado no fuera uribista representara una primera movida para acabar con su agrupación.
Los miedos del exgobernante pueden tener que ver con la eventual conversión del movimiento de De la Espriella, Defensores de La Patria, en un partido, lo cual podría menoscabar aún más el capital del uribismo, ya erosionado tras la derrota de su candidata a la Presidencia.
Quien fuera en los pasados comicios la apuesta del Centro Democrático, Paloma Valencia, llegó a afirmar recientemente que su colectividad “nunca ha sido un partido de derecha”, en lo que pareció un intento de desmarcarse de las corrientes extremas del nuevo gobierno.
El comentario suscitó todo un debate en el país y uno de los pronunciamientos más singulares dados al respecto lo ofreció el senador del Pacto Histórico Alejandro Ocampo.
“Abelardo logrará algo histórico para Colombia, tal vez la única cosa, y es que los partidos se encuentren en las diferencias para defender la democracia”, escribió en su cuenta de X.
Otros alertan, sin embargo, que todas las especulaciones de cómo será la relación entre Ejecutivo y Legislativo podrían resultar a la postre estériles, si el nuevo presidente cumple con una de sus máximas de campaña.
“Se puede gobernar sin el Congreso”, planteó públicamente cuando aún era candidato.
Más allá de toda conjetura, el contexto parece sugerir que la administración entrante tendrá que actuar con pie de plomo si quiere contar con el Legislativo, donde no hay mayorías definidas y el Pacto Histórico tiene la bancada más numerosa con 26 senadores y 43 representantes.
Quienes ocupan las curules del Capitolio Nacional podrán ser contradictores políticos, pero no son ingenuos.
Con la elección del presidente del Senado ya se probó que es cierto aquello de que los intereses comunes hacen amigos extraños.
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