Era febrero de 1962 en una finca llamada Siboney fuera de La Habana. Unos pocos peruanos entre ellos Guillermo Lobatón, recibíamos clases de técnica guerrillera.
Una noche en que un médico español nos daba una exposición sobre primeros auxilios en combate, apareció un yipi, como decían los cubanos, y bajó un hombre alto, barbudo, de grandes botas. Era Fidel.
Nos pusimos de pie como impulsados por un resorte. Fidel preguntó y preguntó cómo eran los indios cómo eran los Andes. Nos contó cómo era la Sierra Maestra, nos dio consejos y consejos. Pasaron los minutos y el tiempo. Y se fue.
Lo volvimos a ver varias veces hasta aquella noche inolvidable de octubre en que Cuba y el mundo estuvieron al borde de la guerra atómica.
Y hoy ese recuerdo permanece seguramente entre los cientos de latinoamericanos y africanos que pasaron por las escuelas militares cubanas, muchos de ellos después jefes de estado, como Amilcar Cabral y otros compañeros de Guinea Bissau y Cabo Verde, con quienes compartimos sin saberlo las mismas clases en esa época de conspiración y secretos.
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