Según un sondeo al que tuvo acceso el medio Sky News, realizado en Reino Unido, Alemania, Italia, Países Bajos y Polonia, existe un extendido pesimismo sobre el presente y futuro del proyecto comunitario.
El 68 por ciento de los entrevistados describe la situación en Europa como empeorada, y el 56 por ciento percibe que el porvenir del bloque está «amenazado», de acuerdo con los datos publicados por el medio británico.
Aparecen entre las principales preocupaciones de los consultados el conflicto en Ucrania, las dificultades económicas y la necesidad de mayor autonomía internacional. Estos datos reflejan una ciudadanía que identifica múltiples frentes de crisis, pero que no vislumbra respuestas contundentes desde las instituciones comunitarias.
Los encuestados no han dejado de desear que Europa sea fuerte, pero ya no creen que ese objetivo sea alcanzable, afirmó Pavel Zerka, investigador principal del Consejo comunitario de Relaciones Exteriores, entidad responsable del estudio.
El analista subraya la paradoja de una población que mantiene aspiraciones de unidad y poderío, pero que ha perdido la confianza en los mecanismos para lograrlo.
Los resultados arrojan una brecha entre el anhelo de una Europa sólida e independiente y la percepción de fragilidad institucional. El 39 por ciento coincide en que las épocas doradas de la UE pertenecen al pasado, una visión que contrasta con el discurso oficial de la Comunidad sobre la vigencia del modelo integrador.
Expertos en políticas europeas señalan que este estado de ánimo social alimenta el auge de fuerzas euroescépticas y nacionalistas en diversos países miembros, lo que a su vez dificulta la construcción de consensos para las reformas necesarias.
La desconfianza creciente hacia las élites comunitarias se suma a la fatiga generada por las sucesivas crisis de la última década.
Difundida en vísperas del debate sobre el futuro de la UE, la investigación pone de relieve la urgencia de recuperar la narrativa del proyecto común.
Organizaciones de la sociedad civil han instado a los líderes europeos a priorizar políticas que conecten con las necesidades ciudadanas, especialmente en empleo, seguridad y soberanía energética, para frenar el desencanto y reconstruir puentes con una población cada vez más escéptica.
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