Según el investigador del Instituto de Ciencias Agroalimentarias de la Universidad de O’Higgins, Cristian Hernández, una parte de la solución es diferenciar entre pérdida y desperdicio, para muchos términos sinónimos, pero que corresponden a fenómenos distintos.
La pérdida, precisó, ocurre en las etapas de siembra, producción, poscosecha y almacenamiento antes de la venta al potencial consumidor.
Este problema está relacionado con prácticas agrícolas, clima, daños mecánicos, plagas y enfermedades, precisó.
Por otra parte, el desperdicio ocurre al final de la cadena y está asociado a decisiones de comerciantes, servicios de alimentación y planificación de compras de los consumidores.
Comprender bien la diferencia, aseguró Hernández, permitirá determinar en qué lugar de la cadena o fenómeno específico intervenir, la tecnología a aplicar y cómo medir el resultado.
Advirtió que incluso en un país agrícola y exportador como Chile, no existen métodos específicos para determinar qué etapa concentra las mayores pérdidas.
Todo el mundo conoce, agregó, que aquí la sequía y el efecto del cambio climático adquieren una dimensión mayor. Cerca del 70 por ciento del agua dulce se utiliza para producir alimentos y una quinta parte de ese volumen está destinada a productos a la postre desperdiciados.
Mientras, la académica de la Universidad de Chile, Carmen Gloria González, puntualizó que la pérdida de comida también implica un gasto inútil de agua, energía y trabajo.
Cada familia aquí bota como promedio unos 63 kilogramos de pan al año, advirtió en ocasión de conmemorarse el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, instaurado por la ONU en 2019.
En este sentido recomendó comprar justo lo necesario, planificar bien las comidas, conservar adecuadamente los productos y no descartar frutas o verduras sólo porque tienen alguna imperfección.
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