El peso político de la fe parte de una transformación demográfica profunda evidenciada en el Censo 2022 del Instituto Brasileño de Geografía y Estadística (IBGE), el cual registró 100,2 millones de católicos, equivalentes al 56,7 por ciento de la población de 10 años o más, mientras los evangélicos alcanzaron 26,9 por ciento.
Apenas 12 años antes, los católicos representaban el 65 por ciento y los evangélicos el 21,7 por ciento. El retroceso de los primeros y el crecimiento de los segundos modificaron el mapa religioso brasileño, cuya expresión electoral adquiere especial relevancia en la actual contienda por el Palacio de Planalto.
Datos difundidos este mes de septiembre muestran una división clara. Datafolha registró que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva tiene una intención de voto del 45 por ciento entre los católicos, frente a 33 por ciento del senador Flávio Bolsonaro.
Entre los evangélicos, la relación se invierte, pues el hijo mayor del exmandatario Jair Bolsonaro alcanzó 47 por ciento y el actual jefe de Estado, 27 por ciento.
De acuerdo con el diario Folha de S. Paulo, la campaña de Lula busca reducir esa distancia y lanzó materiales específicos para el electorado evangélico bajo la pregunta “¿Por qué votamos por Lula?”
Tales documentos combinaron referencias bíblicas, argumentos sobre políticas públicas y mensajes en favor del voto libre y consciente, como parte de la estrategia para aproximarse a un segmento electoral en el que enfrenta mayores dificultades.
A su vez, la campaña de Flávio Bolsonaro quiere dar continuidad al vínculo construido por el bolsonarismo con iglesias y liderazgos evangélicos, aunque medios locales apuntan que el respaldo a su candidatura no reproduce de forma automática la adhesión que esos sectores mostraron hacia su padre.
El propio candidato declaró en agosto: “uno de mis primeros actos será decretar que Brasil es del Señor Jesucristo”.
Esa frase adquirió otra dimensión recientemente, cuando comenzó a circular una información falsa que atribuía a Flávio la intención de retirar a Nossa Senhora Aparecida el título de patrona de Brasil.
Folha de S. Paulo y Projeto Comprova verificaron que no existe ninguna declaración o iniciativa de Flávio en ese sentido. El rumor surgió a partir de un proyecto presentado en 2007 por el entonces diputado Victório Galli, archivado un año después y que no guarda vínculo con el senador.
La controversia, sin embargo, escaló el domingo, cuando Flávio acusó a integrantes de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil (CNBB) de colaborar con el Partido de los Trabajadores (PT) de Lula. “El PT, ahora lo sé, llevaba días intentando difundir esta noticia falsa, y lo lograron con la ayuda de personas dentro del CNBB. Desafortunadamente, esa es la realidad”, manifestó el candidato presidencial de extrema derecha durante un acto de campaña en Goiás. Tales declaraciones fueron rechazadas públicamente por la CNBB, que, en una nota, negó cualquier implicación en la producción o difusión de información falsa y afirmó que “una mentira no se combate con otra mentira”.
La Conferencia también afirmó no estar afiliada a ningún partido político y que sus pronunciamientos sobre las elecciones se basan en su misión pastoral y en principios relacionados con la dignidad humana, el bien común, la democracia y la libertad de conciencia.
Por su parte, Lula emitió anoche una declaración en la que rechazó las acusaciones de su rival contra la CNBB y calificó de inaceptable que un candidato arremeta contra personas religiosas por intereses electorales.
A su vez, el obispo Roberto Francisco Ferreira Paz, de la diócesis de Campos, declaró a Folha que Flávio Bolsonaro necesita aclarar el alcance de su intención de “decretar que Brasil es del Señor Jesucristo”.
“¿Qué podría significar esto para la libertad religiosa y para las personas de otras religiones? ¿Habrá privilegios para los cristianos?”, cuestionó el obispo, quien forma parte de la Comisión para el Laicado de la CNBB.
Además, advirtió que conductas similares ya fueron adoptadas por mandatarios de otros países y citó como ejemplo al Chile de Augusto Pinochet.
“El dictador, en la década de 1970, favoreció a las organizaciones evangélicas para neutralizar a la Iglesia católica, que se oponía firmemente a las persecuciones, torturas y muertes promovidas por su gobierno”, apuntó el periódico. Estos episodios muestran así cómo la religión se convirtió en uno de los terrenos de la disputa electoral, al tiempo que plantea un debate sobre la laicidad del Estado y la convivencia entre diferentes credos.
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