El hecho se registró en la ciudad centroandina de Tarma y solo fue descubierto por un descuido del comandante David Ramírez y sus cómplices, que enviaron a una víctima un mensaje extorsivo, con la amenazante foto de una pistola en la que se veía el número de serie, según el cual el arma era de la Policía Nacional, a partir de lo cual el caso fue investigado y esclarecido.
Informes de la prensa indican que a los socios de Ramírez -con quien fueron detenidos los suboficiales Luis Huaroc, Héctor Lirio y Jean Pawelczyk-, le pagaban una fuerte suma mensual de dinero.
El hecho coincidió con la difusión de cifras sobre casos de corrupción policial y fue precedido de la admisión del ministro del Interior, César Astudillo, de que los delincuentes infiltran a familiares o allegados a su servicio para su ingreso a escuelas de agentes policiales.
El objetivo parece ser la intención de informaciones útiles para los delincuentes y propagar la corrupción entre los nuevos agentes y Astudillo aseguró que habrá una investigación para erradicar las infiltraciones.
El reconocimiento del problema por el ministro contrastó con las declaraciones de mandos policiales de alto nivel que han minimizado o negado el problema y argumentan que solo hay aislados casos de corrupción.
Cifras difundidas por el diario La República, indican que en los ocho primeros meses del año se registraron 139 denuncias de corrupción contra supuestos guardianes de la ley.
El promedio es de 17 casos mensuales y el último mes analizado, agosto, marcó un récord de 25 denuncias, a lo que hay que agregar 260 expedientes en apelación que la Inspectoría General de la Policía Nacional ha elevado al Tribunal de Disciplina Policial.
Entre los casos de julio pasado figura la detención de cinco policías, incluyendo un capitán, por actuar organizadamente para obtener sobornos y cometer otros delitos de corrupción.
Analistas en temas de criminalidad y seguridad, así como parlamentarios progresistas y de centro, coinciden en que la lucha contra el desborde criminal requiere de un trabajo prolijo de inteligencia, tecnología y equipamiento, pero es indispensable lo que muchos llaman una purga de manzanas podridas en la Policía.
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