Alfonso Urquiola: El Relámpago de Bahía Honda vuelve al ruedo

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La Habana, 4 oct (Prensa Latina) Alfonso Urquiola regresó hoy a la Serie Nacional de Cuba, más de una década después, para asumir nuevamente el mando de los Vegueros de Pinar del Río, su casa beisbolera.

Por Boris Luis Cabrera

Minutos antes de que comenzara en el estadio Latinoamericano el partido inaugural de la temporada entre sus Vegueros y los anfitriones Leones de Industriales, «El Relámpago de Bahía Honda» conversó con Prensa Latina con la tranquilidad de quien conoce demasiado bien los secretos de este juego.

A sus 72 años, con el tabaco entre los dedos y esa mezcla de campechanía, inteligencia natural y autoridad serena que lo acompaña desde siempre, Urquiola volvía a ocupar un puesto que parece hecho a la medida de su historia.

«Yo siempre he sido un hombre del béisbol, es lo que yo sé hacer y es lo que me gusta», dijo, como si en esas pocas palabras cupiera toda una vida dedicada al deporte de las bolas y los strikes.

Y acaso ahí esté la explicación más sencilla de su regreso, porque el hombre que durante años trabajó en el béisbol profesional de Panamá no necesitó demasiados argumentos para responder por qué decidió volver cuando Pinar del Río llega diezmado y lejos, al menos sobre el papel, de las grandes apuestas.

«Es lo que me gusta y es lo que yo sé hacer y lo que he hecho toda la vida», insistió.

Pero detrás de esa aparente sencillez existe también una deuda afectiva con una afición que nunca dejó de reclamarlo, un vínculo que, según confesó, pesó tanto como cualquier otra razón.

«Para mí lo más importante de todo es la afición», afirmó, convencido de que el cariño de la gente constituye «un aliciente muy grande».

Los pinareños conocen de sobra las razones de ese afecto, pues bajo su mando llegaron tres de los últimos grandes capítulos de gloria de los Vegueros, incluida la llamada Serie de Oro, la 53 Serie Nacional y la corona de la Serie del Caribe de San Juan, Puerto Rico, en 2015.

Antes de dirigir, Urquiola ya había construido una historia extraordinaria como jugador, con seis títulos nacionales junto a Pinar del Río y cuatro coronas mundiales con la selección cubana, además de una trayectoria que lo convirtió en uno de los segundas bases más destacados de la pelota de la isla.

Después añadió otros capítulos desde el banco, entre ellos dos campeonatos de la Liga de Panamá con Chiriquí, hasta completar una carrera que, por títulos y permanencia, lo coloca entre los estrategas más reconocidos del béisbol cubano.

Sin embargo, Urquiola habla de todo ello sin levantar demasiado la voz ni mirar hacia el espejo de los triunfos, porque su filosofía parece resumirse en una frase que repitió durante la conversación: «Siempre hay un escalón y siempre hay un compromiso».

Ahora ese compromiso consiste en levantar un equipo que reconoce «discreto», con alrededor del 80 por ciento de sus jugadores sin la experiencia competitiva de otras generaciones, pero al que se niega a condenar antes de tiempo.

«Primero competir, no vamos a ir a participar», advirtió.

Esa diferencia entre competir y simplemente estar constituye quizá el primer mensaje que Urquiola ha llevado al nuevo vestuario, donde pretende reconstruir un conjunto sin renunciar a la identidad que durante décadas convirtió a Pinar del Río en una potencia del béisbol cubano.

«Prácticamente me ha tocado siempre formar equipos», recordó, antes de evocar aquellos campeonatos conquistados cuando nadie colocaba a sus hombres entre los favoritos.

Por eso no habla de milagros, sino de trabajo, preparación, combatividad, disposición y sentido de pertenencia, elementos que considera imprescindibles para devolverle al uniforme verde su antiguo peso.

«Los campeonatos se ganan desde el primer día de la preparación», sentenció.

El desafío, además, llega en una Serie Nacional diferente, reducida a 44 partidos y dividida nuevamente en dos zonas, donde cada tropiezo tendrá un precio mayor debido al escaso margen para recuperarse.

«Cada juego, cada derrota es irreversible», explicó Urquiola, consciente de que este campeonato exige acelerar los ajustes y vivir cada jornada casi como un playoff.

También encontró un Pinar del Río distinto al que dejó, marcado por el retiro de jugadores y la emigración de otros, pero se resiste a aceptar que esas ausencias puedan borrar la esencia de una provincia que durante décadas construyó una poderosa tradición beisbolera.

«El béisbol siempre es béisbol», recordó, una sentencia que en su voz suena menos a consigna que a principio de vida.

Para él, las generaciones cambian, los escenarios se transforman y las dificultades obligan a reinventarse, pero hay códigos que no pueden desaparecer, porque «hay cosas en la pelota que no pueden cambiar».

Entre ellas coloca la humildad y la sencillez, valores que intenta transmitir a los jóvenes y que él mismo atribuye a sus raíces en Orozco, aquel central de Bahía Honda donde creció entre limitaciones materiales y una familia humilde.

«Soy guajiro del campo», dijo con naturalidad, reivindicando una raíz que considera inseparable de su manera de entender el béisbol y la vida.

Quizá por eso el respeto que despierta trasciende los títulos, porque Urquiola no se presenta como un hombre que ya lo hizo todo, sino como alguien convencido de que todavía queda algo por construir.

Su propio tabaco, encendido desde que tenía 12 años por una costumbre heredada de su padre, parece acompañar esa manera pausada de pensar, incluso en las noches en que se levanta a escribir y busca entre el humo alguna respuesta para los problemas del terreno.

«Para mí es un aliciente», explicó sobre ese inseparable compañero que aparece también en los estadios y que terminó convertido en una de las estampas más reconocibles de su figura.

Pero cuando llega la hora del juego, el tabaco queda en segundo plano, porque el hombre que regresó a Pinar del Río sabe que ninguna tradición, ningún recuerdo ni ningún título puede batear, lanzar o correr por sus jugadores.

«El terreno siempre dice la última palabra», sentenció.

Y así, mientras su hijo Alexander dirigía por estos días al equipo Cuba Sub-15 en el Mundial de México, Alfonso volvía a tomar las riendas de los Vegueros, como quien regresa a una vieja finca para sembrar otra vez.

No promete coronas ni invoca el pasado como garantía, solo pide trabajo, identidad y voluntad para competir.

A fin de cuentas, el «Relámpago de Bahía Honda» no volvió para vivir de la memoria: volvió para demostrar que algunas historias, cuando están hechas de béisbol, todavía tienen capítulos por escribir.

las/blc

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