Mediante un comunicado, la entidad expresó primero su solidaridad con los hermanos de esos tres países, mientras mencionó que lo ocurrido en tierras canaleras refuerza una premisa ineludible: la interacción entre las placas tectónicas de nuestra región no da tregua.
La brecha de vulnerabilidad estructural en América Latina sigue cobrando vidas y destruyendo patrimonio, señaló.
Preguntó qué enseña tal situación a los chapines, al tiempo en que respondió que la amenaza sísmica es una realidad geológica inevitable.
Lo que no lo es enteramente de nuestras decisiones financieras y urbanas, es la vulnerabilidad que construimos sobre ella, apuntó.
Cuando un Estado, municipio o empresa privada ignora el riesgo sísmico en su planificación, no está “ahorrando”; está acumulando un pasivo contingente invisible de proporciones catastróficas, subrayó el CEUR.
El costo de la inacción abarca, detalló, destrucción directa de capital (infraestructura y edificaciones que se convierten en pérdida total en cuestión de segundos).
Además, remarcó, pérdidas consecuenciales e interrupción de negocios (parálisis económica, interrupción de cadenas de suministro y caída drástica de ingresos fiscales y privados).
Añadió estrés fiscal de emergencia (instituciones obligadas a reasignar presupuestos destinados a salud, educación e infraestructura hacia la reconstrucción.
El costo de la prevención mediante estudios técnicos y adecuado refuerzo estructural representa siempre una fracción mínima en comparación con la factura del desastre, expresó a través del texto.
La resiliencia no es suerte ni resistencia pasiva, es la capacidad técnica, estructural y financiera de absorber el impacto y recuperarse rápidamente, afirmó.
Recordó cómo la falla de Motagua reconfiguró la geografía social y urbana de este territorio centroamericana con el temblor de 7,5 en la escala de Richter de 1976.
Cobró la vida de más de 23 mil personas y disparó la aceleración urbana informal hacia el Área Metropolitana, describió.
En 2012 y 2014, puntualizó, uno de 7,4 y otro de 7,3, respectivamente, sacudieron el departamento de San Marcos y el occidente por el sistema de subducción del Pacífico, lo cual evidenció claramete la recurrencia sísmica a la que estamos expuestos.
El Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología de Guatemala registró en las últimas 24 horas 28 movimientos telúricos, ninguno sensible, en tanto en el año van seis mil 412 y la población sintió 150 de ellos.
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