Entre lagos y volcanes: Nicaragua, tierra de béisbol

Managua, 3 nov (Prensa Latina) Nicaragua, tierra de lagos y volcanes donde el béisbol forma parte de la memoria colectiva, se prepara hoy para recibir del 6 al 15 de noviembre el Campeonato Mundial sub-23, su mayor desafío organizativo.

   Un país donde el béisbol se hereda como una pasión familiar, se discute en las esquinas y se convierte en motivo de orgullo colectivo, una relación que ayuda a entender por qué la nación centroamericana aspira a transformar esta cita en una fiesta deportiva de alcance internacional.

   En Managua, León y Masaya, tres ciudades con personalidad propia, los estadios serán puntos de encuentro para una afición acostumbrada a vivir cada lanzamiento con intensidad, celebrar los batazos oportunos y acompañar a sus peloteros con una entrega que trasciende el resultado.

   La pelota nicaragüense tiene raíces profundas y una historia que se proyecta más allá de sus fronteras, con cinco medallas de plata y otras tantas de bronce en las antiguas Series Mundiales de Béisbol Amateur, además de cinco ocasiones en las que el país organizó ese certamen, según los registros históricos.

   Nicaragua vuelve a mirar hacia una cita mundialista con la experiencia acumulada y una infraestructura renovada, aunque esta vez el reto tendrá un sello inédito, pues será la primera ocasión en que organice la Copa Mundial de la categoría sub-23.

   El camino hacia esa responsabilidad incluyó los premundiales de 2020 y 2023, celebrados en territorio nicaragüense, y la progresión competitiva de una selección que alcanzó el tercer puesto en la última edición de 2024, disputada en Shaoxing, China, resultado que elevó las expectativas para su presentación ante su público.

   La distribución de los partidos entre las tres ciudades permitirá que el campeonato salga al encuentro de distintos públicos y que la experiencia del visitante no se limite a una sola tribuna, sino que incluya el carácter urbano de Managua, la tradición cultural de León y la vitalidad artesanal y festiva de Masaya.

   En Nicaragua, la conversación beisbolera suele prolongarse más allá de los nueve innings, alimentada por las rivalidades entre clubes, el seguimiento de los peloteros nacionales y una liga profesional que reúne a equipos como los Indios del Bóer, los Leones de León y los Tigres de Chinandega, protagonistas de una cultura deportiva que combina competencia, espectáculo y sentido de pertenencia.

   Bandas musicales, animaciones desde las gradas y el ambiente familiar que acompaña numerosos partidos de la liga local forman parte de ese paisaje, donde el béisbol se disfruta como una representación de la comunidad y cada estadio puede convertirse en una plaza de celebración.

   La dimensión del compromiso también se medirá fuera del terreno, con la coordinación de alojamientos, transporte, alimentación, atención a las delegaciones, arbitraje, seguridad y transmisiones, tareas que deberán sostener durante diez días una competición con 12 selecciones y más de 400 atletas.

   Para Nicaragua, el Mundial no será únicamente una oportunidad de mostrar sus estadios, sino también de defender en casa el prestigio ganado en el circuito sub-23, ante rivales de distintas escuelas y tradiciones beisboleras, desde la potencia asiática de Japón y Corea del Sur hasta la competitividad caribeña y latinoamericana de Cuba, Venezuela, Panamá y Puerto Rico.

   La selección anfitriona tendrá además el desafío de convertir el aliento de sus aficionados en una ventaja deportiva, y la aspiración de discutir los puestos de honor en un escenario que conoce bien la fuerza emocional de la pelota.

   Cuando el primer lanzamiento cruce el plato, los volcanes seguirán vigilando el horizonte y los lagos conservarán su quietud, pero en los estadios comenzará otra geografía, trazada con líneas de cal, guantes, bates y carreras, en la que Nicaragua buscará demostrar que su tradición beisbolera también sabe organizar grandes encuentros.

oda/blc

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