Parte infaltable de las celebraciones por el Día de Muertos, conmemorado a principios de noviembre pero festejado desde mucho antes con cientos de iniciativas, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, nativos y foráneos acudieron temprano a los alrededores del Monumento a la Independencia.
En calles cercanas al propio sitio, conocido como el Ángel y centro recurrente de múltiples congregaciones, las personas se acercaron a pequeños puestos a ambos lados de Reforma para elegir los diseños que hábiles maquillistas dibujaban en sus caras posteriormente.
Hubo estilos sobrios y cargados, algunos que abarcaron todo el rostro o la mitad, trazos limitados al negro y al blanco y otros que añadieron, según conviniera, colores muy distantes de la tristeza y el recogimiento vinculados usualmente al fin de la vida.

Todos, sin embargo, tuvieron algo en común: las líneas terminaban esbozando una calavera, precisamente la imagen distintiva de la catrina, que no solo se pasea por las calles de México en días como este, sino que también se levanta en esculturas o instalaciones por estas fechas.
Casi al caer la noche comenzaron a desfilar, lo mismo en autos que a pie o encima de patines o de bicicletas, las catrinas con espléndidas diademas y también los catrines, como llaman a los del género masculino, si bien la invención tomó forma femenina desde sus orígenes.
La Catrina tiene su raíz en La Calavera Garbancera, el icónico personaje creado por el ilustrador y caricaturista José Guadalupe Posada y rebautizado en 1947 por el artista Diego Rivera en su mural “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.
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