A sabiendas de ello, la avenida capitalina Rancho Boyeros se llenó de pueblo desde muy temprano, en espera del momento para honrar a los 32 combatientes cubanos que, con la certeza de que “Morir por la Patria es Vivir”, se enfrentaron al imperio.
Entre la multitud, un padre aseguró un sitio para su hija pequeña: quiere que sea testigo del paso de los héroes.

La caravana no fue recibida con silencio, sino con aplausos. Las urnas fueron depositadas en el lobby del Edificio Sierra Maestra, sede del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Treinta y dos vidas arrancadas. La muerte ha sido el precio de defender el anhelo de independencia compartido por ambos pueblos.
Cuando cruzaron mar y cielo, sabían que no regresar era una posibilidad, pero echaron su suerte firmemente convencidos de que los cubanos son de la estirpe de quienes no se dejan doblegar ni vencer.
Regresan cubiertos por la enseña nacional, que no representa una ausencia, sino que trae consigo el ejemplo de la entrega, el valor y la fidelidad a los ideales más nobles del hombre.
El dolor de Cuba es indescriptible. La patria grita, ahogada por la muerte de sus valerosos hijos, pero no los recibe con resignación: lo hace con orgullo, porque la muerte no derrota a quienes mueren de pie, con el fusil en la mano y defendiendo una causa justa.
El pueblo, a su vez, hace suyo el dolor de los allegados de las víctimas.
Treinta y dos combatientes cayeron lejos de su hogar, pero no de su deber. Su sacrificio no será olvidado, y su memoria inspirará el compromiso de la isla con la justicia, la unidad y la solidaridad.
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